jueves, 22 de septiembre de 2016

El amor adolescente.

Hoy quería publicar.
Le iba a escribir algo bonito a Aria Black, pero al final me quedé en blanco. 
Así que tiré de borradores.
Esto es del curso pasado, de mayo. 
Ay. 
Por si no estaba yo hoy bastante hormonal.
Por si no estaba suspirando bastante.
Lo que me faltaba era recordar cuanto extraño a mis chicos y chicas del curso pasasdo...



Hay quien detesta a los adolescentes, pero no es mi caso. A mí me encantan. Tienen todavía esa inocencia de los niños, y esa curiosidad, y cierta irreverencia, pero al mismo tiempo empiezan a ser ellos mismos, a explorarse y a explorar el mundo con una honestidad casi brutal. Son, por lo general, así, tal cual, sin dobleces. Y eso me fascina. 

Y cuando se enamoran, ¡ay, cuando se enamoran! Son geniales. Hace un par de semanas tuve que lidiar con el gigantesco drama de un alumno que se iba de puente, dejándose a su amiga especial, a es que ocupa sus sueños, en el pueblo. ¡Imaginad! 

Me hablaba, mortalmente serio, de su problema. Y yo, haciendo uso de esa visión periférica que estoy desarrollando, no pude evitar ver que dentro de su estuche había una carta. Al menos, algo parecido a una carta. Era una hoja de cuadros, doblada en cuatro partes. En el lado que se podía ver había algo escrito. Pude leer la palabra "especial". Lo que sí vi claramente fue un corazón dibujado con rotulador fluorescente rosa. 

Ay, qué suspiros se me escapan. 

Si es que para ciertas cosas no tendríamos que crecer... 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Buena no, pero...

Hoy toca una entrada exprés porque me siento responsable. Algunos de vosotros me habéis dicho que os encanta que sea tan abierta contando las cosas y que no ponga filtros. Y la sensación de hoy, a decir verdad, no hay filtro que la arregle. Así que voy a contarlo por si algún profesor novato (yo voy a ser novata toda la vida, creo) llega, frustrado, y se encuentra que aquí todo son alegría y colorines. Y no. El curso pasado tuve malos ratos, y dudas (por ejemplo, aquí). Y este curso seguiré teniéndolos. 

Hoy he tenido un día regular. Bueno, un día malo. Estaba siendo normalillo hasta última hora, momento en el que una clase se me ha subido a la chepa. Lo he llevado bien. Bueno, no. Lo he llevado mal, a ver si me entendéis, pero no he perdido los nervios, no me ha afectado demasiado, en principio. Eso sí, después de la siesta me he sentido tan mal, pero tan mal... Incapaz, incompetente, "esto no es lo mío", me repetía una y otra vez. 

Sé que es mentira. Que si esto no es lo mío me quedan pocos talentos que explotar. Pero este curso va a ser muy difícil para mí, y estas pequeñas-grandes contrariedades se me hacen una montaña. Supongo que, como el año pasado, cuando pase la mitad de octubre o un poco más todo irá más rodado, pero hoy por hoy... Uf. Sobre todo hoy.

Ayer bien. Ayer tuve un día pasable. Bueno, incluso. Pero hoy...

No soy una buena profesora. No soy una buena profesional. Eso es lo que me repito hoy, sin parar. Pero mañana vuelvo. Y pasado. Y al otro. Y la semana que viene. Y eso tiene que significar algo, ¿no? 



PD: Como el curso pasado, intento sacar algo bueno de este día. Por ejemplo la sonrisa de una alumna cuando he alabado su dibujo de Marla, de El Club de la Lucha.





Ni qué decir tiene que si me mentís y me decís que soy maravillosa y que todo va a ir bien, pues bueno, os lo agradeceré. También se aceptan abracitos, animitos y besitos en la frentecita.
Gracias. 

lunes, 19 de septiembre de 2016

Apedrear tejados.

O de por qué dejé de fingir orgasmos. 


Este no es el tipo de post que suelo escribir. En otros blogs he hablado mucho de sexo y, con frecuencia, no me ha traído nada bueno. Pero resulta que salió el tema en Twitter hace ya algunos días (es que no me da la vida para hacer las cosas con inmediatez, y no me voy a quejar, que ya me quejo bastante) y yo dije que escribiría al respecto. Una chica, con mucha educación, decía que entendía que las mujeres fingiesen (fingiésemos) orgasmos de tanto en tanto por diversas razones. Entonces yo contesté que podía entenderlo, pero que, en mi caso, dejar de hacerlo había cambiado mi vida sexual para mejor. Mucho. Entonces fue cuando dije que lo explicaría en una entrada en el blog. A lo mejor me precipité, pero vamos, dicho está. Además, ayer mismo me lo recordaron. 

Yo he fingido orgasmos, sí. ¿Por qué? Pues principalmente por aburrimiento. Así de simple y así de crudo. En la mayor parte de los casos ni siquiera era por no hundir a mi pareja sexual: era, básicamente, porque estaba aburriéndome como una ostra y quería que aquello se acabase. El orgasmo es una manera de aumentar la excitación de la pareja y acelerar su propio orgasmo. Además, una vez tu pareja cree que has alcanzado el clímax, siente que ha cumplido y se permite dejarse llevar.

¿Cuál es el problema? Es legítimo verlo de otro modo, desde luego, pero yo creo que esta práctica es tirarnos piedras a nuestro propio tejado. No al nuestro individual, que también, sino al de todas las mujeres. A nivel individual, si nuestra pareja cree que lo está haciendo bien, no va a hacer nada por mejorar o, lo que es peor, profundizará en prácticas y actitudes que no nos gustan nada pero que él/ella cree que sí, de modo que la situación, lejos de mejorar, puede que acabe empeorando. Quizá pensemos: "¡Bah! Se trata de una pareja esporádica, no voy a volver a verlo, así que..." Bueno, vale, entiendo que quieras quitarte el problema de encima, porque ese será el problema de otra pero... ¿por qué no empezar a atajarlo? ¿Por qué no compartir con esa persona, con la que, no olvidemos, hemos accedido a tener un nivel de intimidad muy grande, que no nos está satisfaciendo? ¿Por qué no enseñarle a hacerlo? Bien es cierto que cada mujer es un mundo y que puede que lo que le enseñemos no le sirva de mucho con la siguiente pareja, pero quizá sirva para que sea más receptivo o esté más atento a las reacciones de su pareja, o para que le pregunte abiertamente si lo está pasando bien. Y bueno, siendo un poco mala (o un mucho), lo diré: algunos (y en este caso hablo en masculino con toda la intención) necesitan una cura de humildad con urgencia.

Lo cierto es que desde que decidí no volver a fingir un orgasmo (tras escuchar una canción, por cierto) mi vida sexual ha mejorado bastante. Me he preocupado por conocerme más para poder explicar a mis parejas qué me gusta y qué no. Me he convertido en una persona más abierta hablando de sexo, así como practicándolo. Y, por supuesto, lo disfruto más. También es cierto que, junto con la determinación de no fingir más orgasmos, tomé la de no aguantar a ningún torpe sexual sin ganas de aprender. Si no lo estoy pasando bien y mi pareja no quiere esforzarse, se acabó, pero además sin esperas: no soy una ONG.

Y bien, vosotros, y, sobre todo, vosotras, ¿qué opináis del tema? 

lunes, 12 de septiembre de 2016

El olvido.




-En Oblitus somos unos grandes defensores del derecho al olvido. Es inevitable dejar huellas a lo largo de la vida, pero no es obligatorio que esas huellas permanezcan. Nosotros nos encargamos de todas las gestiones y, en un periodo máximo de tres días, garantizado, conseguimos que todo rastro de los actos que ustedes decidan desaparezca, tanto de Internet como del mundo real. 

-¿Y si queremos borrarlo todo? -preguntan los clientes, nerviosos, desde el otro lado de la mesa. 

El comercial no se sorprende. No es la primera vez, ni de lejos, que le hacen aquella pregunta.

-Desaparecería todo lo relativo a esa persona. Todo, sin excepción. Sería como si esa persona nunca hubiese existido. Es una decisión importante: recuerden que una vez ejecutado el procedimiento, es irreversible. 

-Está bien. Y para esa opción, ¿qué hay que marcar?

-¿Ven la tercera opción? "Quiero olvidar por completo a...". Pues bien, toquen el cuadradito que aparece a la izquierda de esa opción, y después rellenen el hueco del final, en este caso, con el nombre completo de su padre. Al final, apoyan la huella dactilar en el recuadro destinado a ello y el contrato estará firmado. 

El comercial observa cómo los hijos del difunto firman: no pasa nada. Ni llantos, ni gemidos, ni un ligero respingo. Al contrario, parecen aliviados. No le sorprende. Ya lo ha visto muchas otras veces. 


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