sábado, 21 de octubre de 2017

Una manía.

Tengo una manía: la de observar a los desconocidos y hacerlos protagonistas de mis historias. No me pasa con todo el mundo, solo con aquellos que llaman mi atención por alguna razón.

Hace unos días coincidí en el autobús con una chica. Debía de tener mi edad, más o menos. Mayor de 25, supongo, pero no mayor de 30, o no mucho, en cualquier caso. Iba maquilladísima, supongo que era su concepción de ir arreglada: los ojos delineados muy fuerte y con mucho rímel y los labios de un rosa fucsia muy fuerte y con mucho brillo, pintados algo por fuera del contorno natural. Su pelo era rubio, pero un rubio pajizo, muy poco natural. Vestía una camiseta negra con letras blancas (no recuerdo qué ponía) y unas mallas ajustadísimas en tonos rosa fucsia y grises. En sus pies, unas sandalias de plataforma altísima, blancas. Casi parecían unos zancos. Completaba el conjunto un bolso pequeño, tipo satchel, también en rosa fucsia. Llamadme osada, pero creo que acertaría si dijese que el rosa era su color.

Lo que me llamó la atención de ella, además de su imagen, fue el hecho de que tenía una expresión tristísima y apenada. Cuando hablaba su voz apenas se escuchaba. Se expresaba, eso sí, con muchísima educación. Y otra cosa que me llamó la atención es que intentó establecer conversación con varios pasajeros, con cualquier excusa. Con un señor, cuando apartó las piernas para que pudiese pasar y, después, para explicar por qué le había llamado de usted (era por educación, no porque creyese que era mayor). Conmigo, para explicarme que venía de hacer papeles. Con otras chicas, para decirle a una que le encantaban sus deportivas (unas ASICS multicolores fluorescentes) y preguntarle dónde podía comprar unas iguales. Después,  volvió a disculparse por interrumpirlas. No sé, percibí en ella una falta de calor humano terrible. Me entristeció muchísimo.

Imaginé para ella una infancia terrible, traumática, una juventud muy dura, muchos desengaños. La dibujé en mi mente como una muñeca rota... al menos al principio. Le imaginé un final feliz, precisamente porque es algo inesperado, quizá incluso porque para esa chica sea imposible conseguir ese final. Imaginé una oportunidad, algo sencillo. Un trabajo de cara al público, en el que pudiese hablar con los clientes y relacionarse. Imaginé que empezaba a reconstruir su vida, que podía comprarse todas las deportivas fluorescentes que quisiese y que se le borraba de la cara esa expresión triste y no quedaba rastro de pena en su voz.

A veces me gustaría tener el poder de hacer que lo que imagino se hiciese realidad.

jueves, 19 de octubre de 2017

Puzzles.

Yo no hice nada.
Tu piel me abordó
                  -mar sin olas-
y yo me entregué.

En otras palabras:
me dejé querer.

Me envolviste en
tu tembloroso abrazo
y yo, ave migratoria,
               anidé.

¡Qué agradable sentir que mis piezas
se acoplaban a tu ser!
¡Que tu cuerpo envolvía,
sin faltar nada, el mío!

Probablemente mi único mérito fue
encajar en tus vacíos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

Mimarse.

Llevo unas semanas particularmente imbécil. Ando muy ñoña, muy necesitada de cariño y de mimos. Necesito más contacto emocional con la gente y también más contacto físico. Me faltan abrazos, si os soy sincera, y me muero de ganas por dejarme mimar. En lo que no había caído yo era en que también podía mimarme yo misma, que a veces me tengo muy descuidada.

Así que, iluminada por esa enseñanza y por algunas más, esta mañana, al salir de trabajar me he ido a Sephora a comprarme un labial al que le tenía echado el ojo. He pedido que me lo probasen, para ver el color, y me han hecho DE TODO. Exfoliar labio, hidratar, perfilar, pintar, probar maquillaje, decirme mi tono de maquillaje, darme muestras, TODO. Después del ratito que he echado allí con Toñi, la asesora que me ha tratado tan bien, me ha envuelto mis cositas en un papel de seda rojo y me las ha puesto en una bolsita pequeña, y yo me he ido por la Ronda de los Tejares más feliz que una perdiz con mi bolsa en la mano y mis labios rojo geranio. 

Sí, me he gastado 12 euros, pero mi felicidad en ese momento no ha tenido precio. Ni al mirarme al espejo, ni al ver con qué mimo me trataban. Y ahora, cada vez que me ponga ese labial, voy a acordarme de eso. Me merezco los mimos, y los premios, y los caprichos. Y si no me los merezco, me los voy a dar. Ya vendrán tiempos peores. 

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martes, 17 de octubre de 2017

En las nubes.

Sigo con el reto que os propuse en este post.

Rosa me dijo que escribiese algo basándome en esta foto.


Sin título
Créditos.

A ver qué sale...

***

Su día a día transcurría entre críticas y desprecios. No había a su alrededor nadie que no tuviese una firme opinión sobre ella, sus decisiones, su vida y su forma de vivirla. Lo malo, claro, no era eso, sino que, al parecer, eran incapaces de callarse esas opiniones. 

En justicia, ella reconocía que era cierto que era una persona bastante inusual, pero eso no le molestaba, más bien al contrario, la enorgullecía: había conseguido hacerse a sí misma salíéndose de los apretados corsés que le habían intentado poner desde que era niña. Había tomado sus propias decisiones desde que tuvo uso de razón, sin dejarse influenciar por la censura y los miedos ajenos.  Había fallado y había acertado sin que ninguna de las dos situaciones, el fracaso y el éxito, la desviasen de su camino. Era quien quería ser, y eso no era algo que mucha gente pudiese decir, a juzgar por la rabia con la que la atacaban.

También había gente de bien, eso está claro. Gente que se compadecía de ella porque se imaginaba que esa situación la hacía desgraciada. Una tarde, mientras tomaba café con una de estas personas en su casa (pues nadie quería dejarse ver demasiado con ella), en medio de un discurso sobre si no sería mejor que se convirtiese en alguien más normal y sobre si realmente le resultaba rentable ser tan extraña le vino, así, como por inspiración divina, la respuesta por la que había hecho todo lo que había hecho a lo largo de su vida. 

-Siendo así duermo muy bien por las noches, ¿sabes? Lo bueno de volar es que puedes descansar en las nubes.


***

Espero que os haya gustado, especialmente a Rosa, que este post me ha salido muy "ella". 

lunes, 16 de octubre de 2017

Nublados.

El domingo una amiga me hizo una propuesta indecente, tanto como que me propuso participar en un desfile de vestidos de novia de talla grande. Y yo, flipada como estoy con los programas de vestidos de novia y, además, contemplando la posibilidad de no casarme nunca (xD), accedí con muchísima ilusión. Pasé todo el domingo muerta de la emoción. Me apetecía muchísimo verme de blanco, soñaba con verme guapísima dentro de un vestido precioso (la diseñadora que organiza el desfile tiene mucho talento) y estaba aceleradísima con la idea.

Hoy, ya menos. A vece se me vienen las nubes encima y no hay quien mejore el día.

Esa parte de mi cerebro que disfruta haciéndome la vida imposible y pisándome la guitarra se ha puesto a funcionar y a hacerme pensar que no tengo lo que hay que tener para ejercer de modelo (ni siquiera amateur) y que iba a hacer el ridículo. Que flaco favor le estaba haciendo a la diseñadora. Y que iba a acabar sintiéndome mal, decepcionándome a mí misma. Porque, de momento, puedo soñar con que un día me pondré un vestido de novia y estaré guapísima. Pero si lo compruebo y no ocurre, pues se pinchó la burbuja y se acabó la fantasía.

Eso, por no hablar de otras cosas que esta experiencia me trae a la cabeza.

En estos momentos, mientras se publica esto, estaré, probablemente, probándome vestidos con la diseñadora y viendo qué hacemos conmigo, después de una tarde más que ajetreada. Quién sabe. A lo mejor va bien. Ojalá. No tengo yo el cuerpo últimamente para mucho desengaño...




domingo, 15 de octubre de 2017

Hubo un tiempo en el que...

Hace un rato estaba recordando que han quitado de mi supermercado habitual unos cereales que me gustan mucho. Ya van dos semanas que los busco y no están, así que supongo que la retirada es definitiva. Eso me ha llevado a pensar que (sí, de nuevo, un curso raro de pensamiento) no hace demasiado, hubo un tiempo en el que comprarme esos cereales era un capricho grande, porque tenía que mantener mis gastos al mínimo, cercanos al nivel de supervivencia. Entonces me he puesto a recordar muchas situaciones que he vivido y que, por suerte, ya no forman parte de mi vida cotidiana.

Hubo un tiempo en el que contaba mis ahorros en meses que podría sobrevivir.

Hubo un tiempo en el que comprarme un libro por placer no era una opción.

Hubo un tiempo en el que salir a cenar, comer o desayunar por ahí era un sueño para el que había que poner metas: "Cuando encontremos trabajo..."

Hubo un tiempo en el que invertir dinero en aprender algo nuevo ni se me planteaba.

Hubo un tiempo en el que, si tenía frío, me ponía dos batas y dos mantas porque encender un calefactor era un lujo.

Hubo un tiempo en el que me cortaba yo misma el pelo porque no me podía permitir ir a la peluquería.

Hubo un tiempo en el que no podía ir al cine (salvo al cine de reestreno, bendito sea).

Hubo un tiempo en el que ir a ver una obra de teatro era algo que hacer "algún día".

Hubo un tiempo en el que soñar con el futuro era una actividad de alto riesgo.

Hoy, por suerte, ya no es (tan) así.

Menos mal.

No está de más recordar estas cosas de vez en cuando.



jueves, 12 de octubre de 2017

Patrias.



Tengo muchas patrias.
Soy del pecho de mi madre
y del ladrillo
en el que cada noche
descansan mis zapatos.

soy de donde están
los que me quieren
y de dondequiera
que haya un libro.

Nací entre llanuras
de polvo y ocre
pero me siento de cualquier lecho
en el que se me haya abrazado.

Hoy habito aquí,
me alimento aquí,
me enamoro aquí
y la vida se me escapa
aquí.

Y aquí sumo otra patria.

Tengo muchas patrias, sí,
mas no bordaré banderas
ni compondré himnos.

A nadie le lanzaré
mis patrias a la cara
ni por su causa
correrá sangre.

Mis patrias son pequeñas,
rincones en los que dormir desnuda,
donde venir a llorar
o a reír como una loca.

Son mis patrias solo mías,
limitan en cada costado con instantes
que traje de las murallas de mi vida.

Aun así, en mis patrias cabe
todo el mundo
y de todo el mundo
haré patria:

Siempre he deseado vivir
con el espíritu despatarrado.



miércoles, 11 de octubre de 2017

Cambiar la música.



Sigo con el reto. Maribel me dejó esta imagen. A ver qué sale.



***

"La vida sin música sería un error", algo así había dicho algún tipo pirado de esos que nombraba el profesor de Valores en clase. Para ella había sido todo lo contrario: el error había estado en acercarse a la música. O a esa música. O, más bien, al Conservatorio. Había quedado con un chico del barrio, ya daba igual cual, en un parque cercano al Conservatorio, a saber por qué. Ella suponía que quería impresionarla sacándola de las calles familiares mil veces recorridas. 

Mientras el galán intentaba seducirla con torpeza, el sonido de un instrumento musical llegó a sus oídos. Distraída, recorrió sus alrededores con la vista y lo encontró. Era un chaval de su edad, más o menos, que repasaba unas partituras con la viola. Ella no sabía nada de música clásica, de violines, violas y otros instrumentos de cuerda (le iba más la música electrónica y el reguetón), pero había algo en él que no le dejaba apartar los ojos. Debía de ser pasión.

Ni qué decir tiene que, finalmente, el galán no consiguió su objetivo: lo dejó por imposible. Unos días más tarde, cuando ella le dijo que no estaba interesada, él fue predicando por ahí que era una estrecha y un muermo, y que tampoco estaba tan buena, que ni siquiera le gustaba. A ella no le importó demasiado: ya llegaría el momento en el que se cruzaran a solas y entonces ajustaría cuentas. Mientras tanto tenía cosas más importantes que hacer, como acudir cada tarde al parque, esperando que el músico desconocido esté repasando antes de entrar a clase, y esperar que, en medio de alguna de esas interpretaciones, le entre la valentía necesaria para hablar con él. 


lunes, 9 de octubre de 2017

Infantería.


Puse unos versos de este poema en Twitter y algún alma de cántaro, a quien le gustaron, me pidió por CuriousCat que lo publicase. Pues aquí está :)



Nadie cantará nuestras victorias.
Cuando nosotros callemos
nuestras gestas cotidianas
serán, acaso,
polvo sobre los trofeos
de los héroes.

A nadie importa(rá)n
nuestras luchas,
no serán para nosotros
el vino ni los laureles,
soldados de infantería,
carne de cañón.

Pero estos logros son nuestros,
se nutren de nuestros sudores
y esperanzas, y son,
para nuestras espaldas,
grandes torres, faros,
¡palacios!

No es pequeña
nuestra lucha contra
el día a día,
ni son insignificantes
nuestras rendiciones,
ni menos dolorosas
nuestras derrotas.

Así, pues, celebremos,
embriaguémonos con el néctar
de los vencedores
y cantemos nuestras gestas
y contemos nuestra historia
y soñemos que,
en esta campaña,
no somos mediocres.


domingo, 8 de octubre de 2017

Estaciones.


"Yo sé
que el amor tiene letras diferentes
para escribir: me voy, para decir:
regreso de improviso. Cada tiempo de dudas
necesita un paisaje." 
Luis García Montero.


Encuentro, por casualidad,
los besos que olvidaste en la mesilla
junto al desodorante,
las aspirinas y los condones.
Noviembre se colorea.

Tu tacto, ausente,
trepa furtivo por mi espalda
enumerando las vértebras
con 24 razones para alejarnos.

Pero te quedas
y los platos hacen fiesta
en la cocina.

Yo hago hueco
        -lo conservé para ti,
         aunque no te lo diga-:
un cajón para la ropa interior,
un rincón en el baño para tu peine,
una tarea para el cepillo de dientes olvidado,
tu lugar en el sofá
un libro tuyo al lado de mi cama.

Déjalas en la maleta:
no hay lugar en esta casa
para razones,
para conjurar fracasos.

Calla, miénteme con tu silencio:
cada tiempo de dudas
necesita su paisaje.

viernes, 6 de octubre de 2017

Busca un trabajo que te guste...

...y no tendrás que trabajar nunca.

Así reza un dicho con el que no estoy de acuerdo del todo. Yo preferiría poder dedicarme en cada momento a lo que me apeteciese y, en serio, os prometo que me gusta mi trabajo.

Pero lo que sí es cierto es que pocas cosas hay en el mundo tan maravillosas como estar a gusto en el trabajo que uno tiene. Ayer hablaba con un amigo, también profe, que este año se siente bastante mal al respecto de su centro, sus grupos, el ambiente y demás. Me sentía identificada con él: ya sabéis, lo he dicho muchas veces, que el curso pasado fue para mí un mal curso, muy ingrato.  Los domingos eran, para mí, una tortura. Pensar que llegaba el lunes me ponía muy mal cuerpo. Durante la semana, salvo honrosas excepciones, me sentía fatal. Vivía para el viernes. Y el domingo, vuelta a empezar. Era horrible.

Este curso no diré que no me cuesta, a veces, levantarme por las mañanas, pero es por la hora. Voy caminando al trabajo alegre, sin miedo, no diré que con ganas, pero tampoco sin ellas. Estoy a gusto con mi trabajo, motivada, me siento bien en clase y, en general, en el centro. Sí, tengo ganas de que llegue el viernes y descansar, pero no es lo mismo. Disfruto de la semana.

Así que sí, es trabajo, por mucho que me guste, pero me siento muy afortunada de poder disfrutar de él. Marca muchísimo la diferencia.


jueves, 5 de octubre de 2017

Sí que hemos cambiado.

Hay quien dice que la educación no ha cambiado. Que seguimos educando igual que en el siglo XIX. No es verdad. Es cierto que en educación no hemos introducido instrumentos significativamente distintos (sí, ahora hay proyectores, pizarras digitales, pero al final la cosa se acaba reduciendo a papel, libros, tiza...), pero eso no significa que no hayamos cambiado. Y, de manera global, a mejor.

Soy consciente de ello porque este año estoy trabajando codo con codo con profesores de la vieja escuela y puedo percibir el cambio. Hay cosas que algunos de ellos no entienden. Por ejemplo: la atención a la diversidad. Según algunos es el alumno el que tiene que adaptarse al sistema, y eso puede ser así en etapas post-obligatorias, pero si queremos que todos los niños y niñas tengan la ESO (porque es obligatoria), no podemos pedirles que todo el esfuerzo venga de su parte, más que nada porque muchos de ellos ya hacen lo que pueden. De hecho, la misma diversidad es un concepto extraño. No digo que ellos crean que todos los niños son iguales, simplemente parece que eso no debe influir en el desempeño en el aula. Ni eso, ni sus circunstancias personales, su motivación, sus preferencias...

Hemos cambiado, mucho. Ahora, con más o menos tino, con más o menos facilidades, con más o menos formación, se nos obliga a tener en cuenta esas particularidades. Y lo considero maravilloso. Ahora solo falta que nos den los recursos necesarios para hacerlo adecuadamente. Un buen comienzo sería reducir las ratios y darnos más tiempo de calidad con nuestros alumnos. Los míos este año son 307. Saquen sus conclusiones.

Feliz día del docente.

domingo, 1 de octubre de 2017

Gloria Fuertes.


Hoy he estado en un evento de Cosmopoética dedicado a Gloria Fuertes.  Es el segundo evento de Cosmopoética al que voy este fin de semana (el año pasado, por desgracia, no pude ir a ninguno) y antes de entrar en faena en el post quiero dar las gracias por vivir en una ciudad como Córdoba que me brinda estas opciones: es una ciudad chiquita, pero viva.

La mesa redonda ha sido maravillosa. Tierna, íntima, amena e instructiva. Hemos podido disfrutar de una pista de audio, recuperada de los archivos de una radio malagueña y restaurada, en la que Gloria habla del amor y recita sus poemas. Ha sido maravilloso escucharla.

Cuando ha acabado la mesa redonda apenas restaban cinco minutos para preguntas. La moderadora nos ha invitado a preguntar o, simplemente, a decir que nos encantaba Gloria. A mí me ha dado vergüenza, pero me habría gustado decir que empecé a leer poesía por Gloria Fuertes, y a escribir poesía por Gloria Fuertes y que, quién sabe, a lo mejor habría acabado desahogándome escupiendo versos de todas maneras. Pero fue por ella. Y eso es algo que nunca le pude agradecer. Ojalá Gloria Fuertes hubiese llegado a vivir 100 años o más, y ahora, en su centenario, tuviese redes sociales, y yo pudiera decirle cuánto bien me hizo descubrir sus poemas para niños.

Y eso que yo entonces no sabía lo parecidas que éramos. Salvando las distancias, claro, que a mí no me ha tocado sobrevivir a una guerra, pero sí nos tuvimos que enfrentar a dificultades e incomprensiones parecidas. Creo que, como ella, siempre me he sentido rara, y, como ella, en ocasiones me envolví en fantasías para hacerme el día a día soportable. Me gusta,como a ella, decir las cosas claras y creo que hay cosas importantes que solo pueden decirse con poesía pero que, precisamente por ser importantes, hay que decirlas de manera que todo el mundo las entienda. A mí, como a ella, la poesía me viene como el hipo, me sale y, tal cual, acaba plasmada en algún cuaderno. Apenas cambio, apenas corrijo. Eso sí: yo no mecanografío los poemas, aunque me encantaría.


A Gloria Fuertes hay que descubrirla. No a aquella señora mayor, montada en moto, siempre afable y alegre, rodeada de niños, sino a la otra Gloria, la que pocos veían. La de los poemas tristes, rabiosos, reivindicativos y llenos de amargura. La que se sentía sola, incomprendida, abandonada. Aquella con la que la vida no fue amable y que, sin embargo, sí fue amable con la vida. Y merece la pena descubrirla así, al completo, mujer y obra. Poeta y versos, todo mezclado. Por eso os recomiendo la antología de Blackie Books. Merece la pena.

El otro día despotricaba y decía que los poetas del pueblo rara vez salen del pueblo. Contemplaba, por supuesto, la excepción de Miguel Hernández, pero me lamentaba de no poder encontrar más casos. Me dejaba a Gloria. Subsano el error con estas líneas.



Hago versos.


Hago versos señores, hago versos,
pero no me gusta que me llamen poetisa,
me gusta el vino como a los albañiles
y tengo una asistenta que habla sola.
Este mundo resulta divertido,
pasan cosas señores que no expongo,
se dan casos, aunque nunca se dan casas
a los pobres que no pueden dar traspaso.
Sigue habiendo solteras con su perro,
sigue habiendo casados con querida
a los déspotas duros nadie les dice nada,
y leemos que hay muertos y pasamos la hoja,
y nos pisan el cuello y nadie se levanta,
y nos odia la gente y decimos: ¡la vida!
Esto pasa señores y yo debo decirlo.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Mis niños.

Este año vuelvo a ser tutora, pero en lugar de tener una tutoría de adolescentes mayorzotes de 2º de Bachillerato (cosa que disfruté a muerte), me ha tocado una tutoría de adolescentes que, si no tienen el pavo, están a punto de cazarlo. En fin, ahí estoy, con 31 almas de entre 13 (casi 14) y 15 años, a los cuales tengo que aconsejar, guiar, conseguir que se lleven bien, que no tengan problemas académicos, de comportamiento, que se sientan bien consigo mismos, reforzar su autoestima y un millón de cosas más. Comprenderéis el vértigo. Con los mayores me resultaba más fácil o, al menos, me sentía más confiada.

Esta semana he tenido mi primera sesión de tutoría con alumnos. Por suerte, en mi centro, el equipo de orientación se implica bastante y nos están dando muchos recursos para que, en estos días, los alumnos se conozcan y vayan estrechando lazos. Quizá es eso lo que más me preocupa: que no se lleven bien. Un grupo de alumnos mal avenido es una fuente inagotable de problemas y, además, influye en el estado de ánimo de los chavales, en sus ganas de ir al instituto, en su actitud cuando están allí...

Pero creo que mis niños son buenos, tienen buen fondo. Son graciosos. Algunos de ellos no parecen niños de su edad (sobre todo si los comparo con los que tenía el año pasado): tienen todavía bastante de la inocencia de la infancia y relativamente poco (o nada) de esa actitud de enemistad ante casi todo que tienen algunos adolescentes de entrada. 

Y creo que son buenos, además de por el presentimiento que tengo, porque hoy han pasado cosas bonitas. Por ejemplo: en la actividad tenían que decir algo de lo que se sintiesen orgullosos. Una alumna ha dicho que no se sentía orgullosa de nada que hubiese hecho. Rápidamente los compañeros han empezado a revolucionarse.

-¡Rápido, chicos! ¡Intervención de emergencia! ¡Necesito tres voluntarios que le digan algo bonito!

Han levantado la mano siete, diez, no sé. La chica se moría de vergüenza, pero sonreía. Cuando ya iba a seguir, ha levantado la mano el "malote" del grupo. Repetidor, un poco de vuelta de todo. Le doy la palabra:

-Tienes que hacer el favor de valorarte un poco más, ¿eh?

Me he quedado sin palabras. Solo he podido sonreír.

Además, hoy he descubierto que tengo sentados en el mismo pupitre (por elección de ellos) a un forofo de la caza y a un animalista. Cuando lo hemos comentado, al hablar de las aficiones de cada uno, se han sonreído y se han dado palmadas en la espalda, afirmando que eso no les impedía ser buenos amigos.

Por último, parte de la actividad era hacerme preguntas a mí, cosas que les interesasen. Una alumna me ha preguntado si estaba donde quería estar. No deja de ser una pregunta curiosa para una niña de 14 años, ¿verdad?

Le he respondido que sí sabiendo que era verdad.




PD: Intuyo que voy a volver a hablar con alegría de mi trabajo y no sabéis cuantísimo me apetece y lo feliz que me hace.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Libre

Tengo días y días, como todo el mundo, pero cuando llegan los días buenos me siento pletórica (quizás porque ha habido muchos días malos) y me cambia la cara. Y entonces me lo creo todo. Me miro al espejo y me sonrío, porque a pesar de las ojeras por los madrugones, estoy guapísima. Sí, esa soy yo, esa es mi cara, ese es mi cuerpo, y son maravillosos. Soy maravillosa. Me sonrío, sí, y empiezo a escuchar música en mi cabeza. Bailo frente al espejo y no me siento ridícula, sino sensual, grácil.

Corro hacia el teléfono móvil y pongo una lista de Spotify. Me dirijo corriendo hacia la cocina, en pijama, los rizos desordenados al viento y en chanclas. Abro el grifo y me pongo a fregar al ritmo de la música. Canto y hasta me parece que afino. Sigo bailando. La espátula se convierte en un micro y, con la emoción, me lleno la cara de espuma. Me río, yo sola. Da igual. Soy feliz.

Cuando acabo, vuelvo bailando. Cuando bailo porque estoy alegre, cuando bailo sin poder evitarlo, soy la alegría personificada. Deberíais verme cuando soy feliz, cuando hago algo que me apasiona. Así que bailo rumba en el salón, y canto, y lo hago como si alguien me estuviese mirando. Y no me da vergüenza. En ese momento pienso en ti, lo reconozco, y lamento que no puedas verme. Sé que te gustaría. 

Soy preciosa, soy magia, soy poesía. Me parece, de repente, que todo a mi alrededor está en su sitio y que está aconteciendo un pequeño milagro: me siento totalmente libre.






lunes, 25 de septiembre de 2017

Dejarse caer.

Uno acarrea durante el día a día mucho peso. El peso de las expectativas no cumplidas, el de las aspiraciones no colmadas, el de las metas no alcanzadas, el de los besos que no llegaron, el de los vicios, los defectos y los imposibles. El peso de la frustración acumulada, el de los miedos y las inseguridades. Y, también, el peso de las certezas, reales o supuestas. Porque una certeza que se vive como tal, aunque no lo sea, no duele menos por no serlo.

Y se aguanta, claro, porque hay que seguir, porque hay que volar. Porque uno quiere volar. Pero a veces no queda otra: hay que dejarse caer.

Y en esas estamos. Cayendo.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Descarrilar

Texto que surge de esta canción de David Bowie, propuesta por un anónimo.



He perdido los papeles, o eso dicen. He dejado el trabajo en la oficina, me fui dando un portazo. He vendido el coche y también he puesto a la venta la casa. A mi novia no le ha gustado demasiado la idea, y eso que le he hecho una oferta más que razonable para que pudiese quedarse a vivir en el que, hasta hoy, había sido nuestro hogar. Recuerdo cómo comenzó a lanzarme los portavelas que habíamos comprado en Ikea, rememoro la rabia en su rostro y en sus palabras y no puedo evitar sonreír. Estoy tranquilo. Lo estaba en ese momento, lo estuve cuando cruzó la puerta cargada con su maleta de los grandes viajes y sigo estándolo ahora.

He cancelado mis cuentas, mi contrato de teléfono, todo. Me voy, no sé a dónde. Me han dicho que hay muchos pueblos abandonados en los que uno puede estar sin que nadie le moleste. Y justo eso es lo que quiero: alejarme de todo y de todos e intentar, si es que todavía es posible, encontrarme.

Quizá he tirado del freno con demasiada brusquedad. Siento que mi vida está descarrilando. Pero nunca antes me he sentido tan en paz.


***

Sé que no es la gran cosa, pero me apetecía escribir algo y mi cabeza no da para más a estas horas, sobre todo sabiendo cuándo me levanto mañana, así que... :P

Gracias por la propuesta :)

domingo, 17 de septiembre de 2017

Una vida sin baile...

"Una revolución sin baile no es una revolución que merezca la pena".


La vida son dos días y, si os soy sincera, me da la sensación de que, en estos casi 30 años de vida, he bailado muy poco. No quiero decir que no haya disfrutado de la vida: lo he hecho, en la medida de lo posible, siempre dentro de las circunstancias que me han envuelto que no han sido las más favorecedoras para el baile. Pero tengo la sensación o, más bien, sé, que me he pasado la vida caminando sin cesar, avanzando, buscando cumplir mis objetivos. Supongo que tener una meta clara tiene esa parte negativa: no te permites entretenerte por el camino. 

Llevo estudiando toda mi vida. Colegio, instituto, universidad, oposiciones. Toda una vida estudiando para conseguir lo que tengo ahora: un trabajo que me gusta, independencia y cierta estabilidad vital. No está nada mal, ¿verdad? No, ciertamente. Pero estoy cansada. Mi mente lo está. Y lo noto porque yo, que siempre he estado loca por aprender cosas nuevas, por estudiar más y más, ahora no tengo ningunas ganas de hacerlo. 

Recuerdo con nostalgia todos esos "cuando me saque la plaza voy a...", y esbozo una sonrisa torcida. Porque de todos ellos, si acaso, he cumplido dos o tres. El curso pasado no me permitió desconectar demasiado. Por eso este curso me había propuesto vivir para mí. Disfrutar de la vida. Hacer cosas que me gustan. Sonreír más. Ser más feliz. 

Esa era la idea. Y eso me animó a apuntarme a danza oriental. Pero ahora resulta que, parecía que no, pero al final sí, me han cogido en la Escuela Oficial de Idiomas. Y ahora me debato entre una cosa y otra, porque sé que no voy a poder con las dos sin estar todo el curso agobiada y de mala leche. Y me niego a eso. 

He estado desde el viernes dándole vueltas al dilema. Que te cojan en la EOI es una lotería, hay muy pocas plazas y he entrado por la reserva, que en junio me dijeron que nanai. La EOI es la única forma que tengo de sacarme el C1 de Inglés y que me dé puntos para concurso de traslados y esas cosas. Sería lo ideal, sería mi deber. Seguir persiguiendo objetivos. Danza, en cambio, no me va a llevar a ningún sitio. No voy a dedicarme a ello, ni creo que lo vaya a hacer particularmente bien, pero me hace sentir maravillosamente bien. Eso sí. Me hace sentir llena, pero con la cabeza vacía. Es genial. Pero, como ya he dicho, no sirve para nada. Sería hacerlo por puro placer.

Ha sido difícil para mí, no os lo imagináis. Pero al final he tomado una decisión. Como decía, he bailado muy poco en esta vida. Poquísimo. Y me he recordado, feliz, bailando sevillanas el mayo pasado, haciendo algo que me había apetecido hacer. Y he mirado atrás y me he visto siempre yendo hacia delante, caminando, sin detenerme prácticamente a admirar el paisaje, persiguiendo objetivos. Y ya estoy harta, y cansada. Quiero disfrutar de lo que he conseguido en la vida. Quiero dejar de cazar y detenerme a contemplar. Quiero permitirme creer de vez en cuando, aunque sea mentira, y lo sepa, que ya lo tengo todo. Así que he decidido bailar. 



PD: No es mal momento para empezar a ser un poco nietzscheana, un poco Pippi. Ya tocaba.


sábado, 16 de septiembre de 2017

Libro: Ready Player One, de Ernest Cline


Hace tiempo que tenía pendiente este libro. Me lancé a leerlo porque la peli va a salir en los próximos meses y lo hice con bastantes ganas, porque es un libro que me han recomendado mucho. Lo acabé hace dos noches y aquí vengo, como siempre, a contaros qué tal.

¿De qué va el libro? 

La muerte de James Halliday, creador de OASIS (una especie de mundo virtual paralelo, bastante más que un videojuego al uso), desata la locura: el magnate ha dejado planificado un juego de cacería dentro de OASIS, según el cual, el primer jugador que cruce tres puertas resolviendo acertijos y superando pruebas, recibirá una cantidad espantosamente grande de dinero. Halliday, un fanático de la cultura americana de los años 80, ha centrado las pistas en ese mundo, así que, desde ese momento, los "Gunters" (Egg Hunters, por la búsqueda de "huevos de pascua") comienzan a investigar sobre todo aquello que interesaba al excéntrico millonario y a intentar encontrar ese huevo escondido. Pasan los años sin cambios hasta que Wade, un estudiante sin prácticamente recursos, encuentra la primera llave. Desde ese momento la búsqueda se torna frenética, pues hay muchos interés en controlar OASIS. Tanto, que esta búsqueda virtual puede llegar a costarles la vida.

Hablando del libro...

No me ha gustado :( Yo quería que me gustase, en serio, pero me he aburrido cosa mala. No sé si es la edición que yo he leído o qué, pero el libro no está bien escrito. La idea promete, sí, pero está mal desarrollada y, al final, es una excusa para que el autor suelte una detrás de otra un millón de referencias frikis a juegos de rol, videojuegos, películas y música que le gustan. Que todo eso está muy bien, pero claro, cuando la única gracia de un libro consiste, prácticamente, en pillar las referencias, pues no sé, yo diría que no es un buen libro. Quizá un fanfic dignificado, yo qué sé.

He pillado algunas referencias, claro, sobre todo al cine, pero no he jugado nunca a rol, soy manca con los videojuegos (lo he sido siempre) y en fin, que no he podido captar en toda su profundidad las referencias de la historia y, por lo demás, la historia es bastante simplona. Ya no es tanto que el libro sea aburrido, como que la historia es muy básica y el autor se recrea tanto en las referencias que uno pierde el interés.

Así que, en resumen, si eres un fanático de los 80 y su cultura, sobre todo videojuegos, adelante. Si no, creo que no te pierdes nada por dejarlo pasar.

Os dejo un trocito...

La verdadera escuela pública, la que controlaba el Gobierno, llevaba decenios convertida en una vía muerta, masificada y mal financiada. Con el tiempo, las condiciones de muchas escuelas habían empeorado hasta tal punto que se animaba a cualquier estudiante con un mínimo de inteligencia a que se quedara en su casa y asistiera a clase online.

En resumen, este libro... 


Ahora voy a intentar leer La pell freda, La piel fría, que en un mes estrenan la peli y tiene buena pinta. A ver si soy capaz de leerlo en catalán, que tengo el idioma más bien oxidadillo. Y, por supuesto, seguiré con las obras completas de Luis García Montero <3

jueves, 14 de septiembre de 2017

¿Me retáis de nuevo?

Hace un tiempo participé en un reto con vosotros: os pedía sugerencias de recursos (canciones, fotos, dibujos, obras de arte...) y yo asumía el compromiso de escribir algo (un relato, un poema, otro texto) inspirado en las propuestas de los 5 primeros comentaristas. Vuelvo a proponeros otro reto similar. Me gustó mucho la experiencia, y de ella salieron algunos relatos chulos, como estos:

Mañana

A plena vista

Aprisa

Los tiempos cambian y mis rutinas, últimamente, me permiten poco tiempo para sentarme a escribir, pero me apetece hacerlo, así que, ¡venga! Espero vuestras propuestas. Eso sí, me comprometo SOLO a escribir relatos inspirados en las 5 primeras (a lo mejor luego escribo más, como la otra vez, pero en principio, voy a ponerme esa meta).

:) ¿Os animáis?

miércoles, 13 de septiembre de 2017

En forma. ¿En qué forma?

Cuando era adolescente tenía un amigo que repetía un mismo chiste: "Yo estoy en forma. Redonda, pero en forma". Lo decía mientras sacaba la tripa y se daba palmas. Todos nos reíamos. Pero yo me pregunto, ¿la forma "redonda" está reñida con estar en buena forma física? Creo que no.

Es algo que se da por hecho: una persona con sobrepeso (gorda, vaya) no puede estar en buena forma. Y no hablo de un par de kilos: hablo de una persona con bastante sobrepeso. Y lo mismo con la salud: una persona con sobrepeso no puede estar sana.  Son dos argumentos estrella de los que quieren convencerte de que tienes que adelgazar sí o sí porque no puede ser que estés sano y, si lo estás, no puede ser que estés en forma. O viceversa.

Yo llevo unas semanas metida en esto de adelgazar. La decisión ha salido de mí, nadie me lo ha metido por los ojos. Y, aunque mis últimos análisis, en junio, salieron muy bien, yo sí sentía que no estaba en buena forma. Aunque, en mi opinión, eso no es tanto por el sobrepeso como por que no hago ejercicio. En fin, que yo sí podría encajar en esa dicotomía: gorda no en forma. Pero no siempre es así.

Llevo un par de semanas flipando. Ya sabéis que me he apuntado a danza oriental para hacer ejercicio y porque es algo que me apetecía aprender. Pues bien, si me animé y me quité los complejos fue porque la profesora no es una chica estilizadísima, sino alguien con sobrepeso. Parece que este tipo de disciplinas están vetadas para las mujeres que no cumplen cierto canon, que no quedamos estéticamente bien en según qué papeles. Pero vi un vídeo de ella bailando y me pareció mágico y maravilloso, así que me animé. Pues bien, no solo se mueve fenomenalmente bien, sino que tiene una flexibilidad y una resistencia brutales. Se dobla como pocas mujeres que yo haya visto. En serio, es alucinante. Además es fuerte y ágil. De verdad, me encanta ver cómo se mueve y lo que hace, estoy fascinada. Verla me hace sentir mejor conmigo misma.

Total, que se puede estar en forma y redonda. Y también se puede estar delgado y no estar en forma, ojo, que eso no se dice :P

Conclusión: haz ejercicio, disfruta de tu cuerpo, cuídalo y siéntete bien  con él. Ya, ya sé que es más fácil decirlo que hacerlo, qué me vais a contar, pero hay que intentarlo.

martes, 12 de septiembre de 2017

Un poco de aquí.

Siempre he sido muy mala vendiendo cosas. Salvo, quizá, los libros, no consigo convencer a nadie de nada. Ni siquiera sé venderme a mí misma, así que doy gracias todos los días por haberme podido ganar este trabajo demostrando que era capaz de hacerlo y no explicando por qué creo que soy capaz de hacerlo. Soy una comercial horrible.

Sin embargo, hoy me he descubierto vendiendo algo y vendiéndolo muy bien. En el trabajo, durante los primeros días, los nuevos tenemos un sexto sentido para localizarnos los unos a los otros. Así que he acabado juntándome con cuatro compañeros más y charlando. Una de ellas no era de Córdoba y, además, venía con cierta desgana. Este destino no había sido buscado, sino que, por un error burocrático, ha acabado a bastantes kilómetros de su casa y del instituto que quería, así que lo veía todo un poco negro. Sin pensármelo dos veces he comenzado a relatarle las maravillas de Córdoba, lo bonita que es, todo lo que se puede hacer. Cuando he acabado ella me ha sonreído y me ha dicho: "Vaya, me estás convenciendo, ya casi parece que lo veo todo con otros ojos". Le he devuelto la sonrisa.

Un compañero me ha mirado y me ha dicho: "Ea, pues para no ser de aquí parece que no lo haces nada mal". Bueno, será que un poco de aquí sí soy ya... Aunque sea un poquito. En cuanto a mis dotes comerciales, tampoco tiene mérito: Córdoba se vende sola :)


lunes, 11 de septiembre de 2017

"Going digital"

Me estoy digitalizando. Este curso me he propuesto llevar un cuaderno del profesor digital. El curso pasado llevaba tres cuadernos enormes, pues era imposible materialmente agrupar a todos mis grupos y alumnos en uno solo. Este año la cosa ha mejorado un poco en cuanto a carga de grupos, pero sigue siendo muy difícil utilizar un cuaderno de papel, porque sigo teniendo muchas asignaturas de una hora. Me compré la tablet en vistas de que eso fuese así. Por desgracia, así son las cosas en los departamentos de Filosofía últimamente. Así que parece que voy a tener que apostar por la digitalización en ese sentido.

Pero lo grave, lo realmente grave, es que este curso no voy a tener agenda. El curso pasado ya me compré una agenda escolar baratuna sin nada de encanto. La utilizaba, sobre todo, para cosas del trabajo. Pero siendo que este año voy a llevarlo todo en la tablet, tiene sentido que utilice alguna app de agenda también. Así que nada, voy sin agenda por la vida. Quién me lo iba a decir a mí, la loca de las agendas, que pasaba días y días decorándolas con citas, poemas y canciones, como si fuese una adolescente.

Ayer me saltó una foto en Facebook en la que se veía mi agenda de 2014, creo. Era una agenda a dos días vista, morada, brillante, muy bonita. Desde que acabé la universidad recibí como regalo cada septiembre (o enero) una agenda y he de decir que la elección solía ser un acierto. Me encantaban mis agendas, aunque estaban bastante desaprovechadas (podría haber apuntado "estudiar oposiciones" en cada página, pero tampoco tenía sentido, no se me iba a olvidar).

Me dieron ganas de comprarme una agenda, pero me contuve, porque sé que no voy a usarla. Y volví a ponerme un poco triste.

Que pensaréis que es una idiotez, que no es para tanto, pero para mí lo es. Y es como todo, una cosa insignificante para una persona puede ser vital para otra. Y no, no es vital, no voy a morirme por no tener agenda, pero siento que el pragmatismo me está robando otro poquito de magia y yo le estoy dejando.

Bueno, siempre me quedará el cuaderno de poemas... Eso no me sale escribirlo en digital...


domingo, 10 de septiembre de 2017

Noche de feria

No podía creérselo. Tanto que había renegado, llenándose la boca con lo estúpido de los detalles clásicos, maldiciendo clichés manidos y riéndose de todas las que se dejaban llevar por ellos y, ahí estaba, paseándose de su  brazo por la feria, dejándose invitar a algodón de azúcar y sinceramente alegre. La música de las atracciones le llenaba la cabeza y se sentía en medio de una niebla espesa. No era, sin embargo, una sensación desagradable: hubiera querido quedarse allí para siempre.

Pero dieron las doce. Malditos fuesen sus padres y el cuento de Cenicienta. 

-Tengo que irme. Mis padres me han dicho que querían que volviese a las doce. 

Él la miró, decepcionado, pero en un instante le volvió al rostro la sonrisa. 

-Espérame aquí -dijo, y salió corriendo.

Cuando volvió, traía entre las manos una campanita de arcilla, con la fecha de aquella noche. Se la entregó.

-Para que te acuerdes de la noche de hoy. Me lo he pasado muy bien contigo.

Ella lo miró. No sabía qué hacer. Su cabeza no entendía cómo estaba entrando en aquel juego tan burdo, pero su cuerpo le pedía dejarse llevar. Cuando tienes 15 años, uno de los dos contendientes lleva siempre la ventaja.

-Yo también... ¿Quieres... acompañarme?

Él asintió con la cabeza y comenzo a caminar a su lado. Antes de recorrer la mitad del camino que llevaba a su casa, él ya la había cogido de la mano y ella no había opuesto la más mínima resistencia. 

viernes, 8 de septiembre de 2017

Bailando.

Ayer tuve mi primer contacto con la danza oriental. Ya os había contado que me apetecía, que era algo que siempre he querido hacer, y que iba a ir a una clase de prueba. Y bueno, lo hice. Y bailar, lo que es bailar, poco: la profesora nos avisó de que la danza del vientre es muy complicada y muy lenta. No es como bailar salsa, por ejemplo, que los pasos básicos son sencillos de captar, y que a partir de ahí se puede ir perfeccionando, los pasos básicos de la danza oriental son más complejos. Y os lo corroboro: solo coger la postura correcta me supone un quebradero de cabeza :P

La clase consistió básicamente en ejercicios de flexibilidad, práctica de postura, algo de brazos y caderas, seguir el ritmo, un poco de pecho y  ejercicios de relajación. Sudé lo que no está escrito, me sentí un puñetero palo tieso sin nada de sensualidad, pero me encantó. Y voy a repetir.

Me pareció un ejercicio físico bastante agradable. Me ayudará a ejercitar los músculos y a ganar elasticidad. Y si colateralmente aprendo a bailar (cosa que ahora mismo dudo), pues tanto mejor. Ojo, que también creía cuando empecé a practicar sevillanas que no bailaría nunca y al final recibí muchos piropos :P

Es cierto que me costaba verme en el espejo de la academia. Me miraba de reojo, porque me veía horrible. Pero cuando salí, agotada y sudada, me sentí bien. Me sentía satisfecha. Quién sabe, a lo mejor algún día me atrevo a ponerme un top, a dejar la tripa al descubierto, y consigo mirarme sin apartar la vista.

Y oye, quién sabe, si me aventuro mucho y le pongo muchas esperanzas, lo mismo hasta me veo con un precioso traje participando en el espectáculo de la academia... Pero bueno, eso vamos a dejarlo hasta dentro de unos cuantos meses :P

En fin, que hoy me duelen músculos que no recordaba que tenía, pero oye, que estoy contenta :)


martes, 5 de septiembre de 2017

Como la vida misma.

Ayer estuve de recuperaciones. Qué os voy a contar que no sepáis ya todos aquellos que tengáis una mínima relación con la enseñanza. En estos días se entremezclan estudiantes agobiados por recuperar esas dos asignaturas que lo separan del título, alumnos que van "a probar" y otros que se pasan por allí a devolver el libro. Me pasó, incluso, que, a pesar de haber preparado unos detalladísimos informes individuales, un par de alumnos no sabían cómo se recuperaba la asignatura. En fin.

Ha sido mi primer septiembre. Ya sabéis que el primer año que trabajé no volví a hacer los exámenes porque gané la plaza en Andalucía ese mismo verano. Ha sido más o menos como esperaba. Después de compartir durante un curso completo tiempos y espacios con los chavales sabes, más o menos, qué te cabe esperar de ellos. Aunque a veces te sorprenden. Para bien y para mal.

Hoy he estado de evaluaciones. Las primeras, las de 2º de Bachillerato. Ahí están, colgados, los jóvenes que se quedaron con una asignatura en mayo, quizá con dos. Estos muchachos tienen la vida en pausa, quedan pendientes de saber si van a poder hacer la selectividad, entrar en la carrera o el ciclo formativo que quieren, seguir con su proyecto vital. Hoy, desde bien temprano, había alumnas de 2º de Bachillerato esperando las deseadas notas. A dos de ellas, alumnas de mi tutoría, he podido decirles en persona que habían aprobado, que iban a poder entrar a ese FP. Una de ellas se ha echado a llorar y me ha abrazado. Me he alegrado mucho por ellas, aunque sé que podrían haberlo hecho mejor, pero eso ya queda a su conciencia.

El resto de la mañana ha ido en la misma tónica: evaluaciones, notas, discusiones, notas que cambian, dudas... No es nada fácil, os lo digo en serio. Es mucha responsabilidad.

Se me queda, a pesar de los momentos felices, un sabor agridulce. Dicen que el instituto no te prepara para el mundo real, pero es bastante "como la vida misma". Los esfuerzos no siempre dan su fruto y en ocasiones ves que gente que lo merece menos pasa por encima de los que se han esforzado. La picaresca también funciona aquí, y las amenazas, y las coacciones. Y, aunque intentamos ser justos, a veces lo tenemos todo en contra.

Siempre lo he dicho: evaluar es la parte que menos me gusta de mi trabajo. Quizá porque me parece que no se delimita bien qué se está evaluando. Evaluamos los conocimientos de personas, incluso puede que sus aptitudes o competencias (o como lo vayan a llamar en la próxima reforma educativa), pero no a las personas mismas. Y eso a veces se nos olvida a todos: alumnos, padres, profesores. Y lo hace todo muy difícil. Pero bueno, eso también es un poco como la vida misma, ¿no?



lunes, 4 de septiembre de 2017

La liberación sexual.

Para empezar a ambientar y abrir boca antes de mis mierdas, musicote:



Hace tiempo leí un artículo que decía algo así como que la liberación sexual había sido una trampa y que había acabado por esclavizarnos a las mujeres porque una mujer liberada tenía que ser una mujer que practicase sexo en cantidad y variedad, que hiciese mil millones de cosas (generalmente las que se ven en las películas porno y que excitan a los hombres) y que siempre estuviese disponible. Total, que, en resumen, lo que venía a decir el artículo es que la liberación sexual de la mujer había acabado convirtiéndose en una treta para que los hombres pudiesen follarnos con más esfuerzo y haciéndonos sentir culpables si nos negábamos. Y creo que en buena parte ha sido así.

Afortunadamente, poco a poco, las cosas están cambiando. Cada vez hay menos chicas que se dejan presionar, sea con la excusa que sea y, sobre todo, cada vez hay menos mujeres que se conforman con un sexo mediocre. Queremos disfrutar del sexo, no "cumplir". Cada vez somos más las que exigimos nuestro placer, porque tenemos derecho a él, y hacemos valer ese derecho como lo ha hecho valer siempre el hombre.

Y ahí está el problema, que lo hacemos como lo han hecho los hombres* siempre. ¿Y cómo es eso? Asumiendo que la otra persona está PARA complacernos y que tiene que hacerlo como por ciencia infusa, por inspiración divina, por yo qué sé qué. Y bueno, ahí estamos, cometiendo los mismos errores: esperando un cuerpo más o menos canónicos y, sobre todo, unos genitales que cumplan las expectativas que hemos dado por hecho (longitud, grosor, erecciones inmediatas y eternas, por ejemplo), esperando que a esa persona le apetezca siempre porque JODER nosotras tenemos ganas, no contemplando inseguridades que nuestro compañero pueda tener o, como ya he indicado, asumiendo que saben lo que nos gusta porque TIENEN LA OBLIGACIÓN DE SABERLO, porque NOS MERECEMOS ESE PLACER. Y nos lo tienen que dar. Y punto.

Pero, entonces, ¿qué hacemos nosotras ahí? Podríamos adoptar el mismo papel pasivo: dejarnos hacer. Porque, ¡vaya!, hemos encontrado a un tío que parece un actor porno (pero guapo), que quiere darnos orgasmos sin cesar y que, como por arte de magia, sabe lo que nos gusta. Pues nada: a hacer la estrellita de mar y dejarnos complacer, ¿no?

Pues claro que no, hombre ya. Que es maravilloso que ya no nos conformemos con sexo mediocre, que queramos que nos hagan ver las estrellas. No solo es maravilloso, es que es perfectamente legítimo. Pero el sexo no deja de ser una cosa de dos (o más) y hasta ahora no hemos conseguido el poder de leer mentes. El nuevo paso en la revolución sexual será sentirnos en igualdad de condiciones para pedir cosas y negarnos a cosas, para corregir y enseñar, para mejorar y aprender. Para demandar nuestro placer y entregarnos al placer del otro, todo a la vez.

Estamos en ello.




*Permítaseme la generalización, ya sé que not all men y blabla, pero no me voy a poner a especificar que unos sí y otros no, siendo aquellos la mayoría.

sábado, 2 de septiembre de 2017

Miedos.

Todavía estoy desquitándome de la lista de cosas  que quería hacer cuando tuviese un sueldo. Y un poco, también, de una lista de cosas que nunca escribí, pero que no paraba de repasar en mi cabeza: "cosas que hacer cuando tenga la plaza". La cosa va lenta, pero segura.

Una de las cosas que estaba en ambas listas era aprender a bailar danza oriental. Danza del vientre, vaya. Hace unas semanas, como de casualidad, acabé descubriendo que una conocida imparte clases y le dije que me mantuviese informada. Tal parece que en unos días voy a ir a mi primera clase de prueba. A ver qué tal. Si me gusta, seguramente me apunte.

Y ahí está la cosa. Si me gusta. Si me gusta incluye otras cosas: si me siento bien, si no me da vergüenza, si no me veo ridícula o grotesca. Esas cosas. Y en ese sentido, no las tengo todas conmigo.

Tengo miedo de volver a dejar de hacer cosas por miedo, por vergüenza, por complejos. Si soy sincera, ya lo estoy haciendo. Y no quiero entrar en ese juego, en esa espiral. Otra vez no.

Así que aquí ando, cruzando los dedos por que me guste, por que me sienta bien, y porque el ritmo de este curso me permita aprender algo nuevo, que me apetece mucho.

Deseadme suerte.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Vértigo.




Hace un poquito he vuelto de mi centro y me he dado una ducha. Es que es poco rato en bici, pero me falta costumbre. Desde aquel año que me dio por la bici estática que no me monto en una. Van a ser unos días de sudar mucho, me temo, porque estoy en una forma pésima.

Estoy muerta de miedo. Tanto que me he venido aquí a escribir porque necesitaba soltarlo, confesarme. Tengo miedo. Quizá miedo no es la palabra. Vértigo, sí. Tengo vértigo.

Otro año estoy en un centro enorme, pero enorme de verdad. Y este curso, creo, es más enorme en proporción que el año pasado. Compañeros nuevos (un montón), alumnos nuevos, rutinas nuevas, maneras de hacer nuevas...

El vértigo/miedo es, en parte, por toda esa novedad. A mí me cuesta mucho adaptarme, empezar cosas nuevas, conocer a la gente, aprenderme los nombres, hacerme a las rutinas. Pero también es porque tengo todavía en el cuerpo el miedo del año pasado. Recuerdo que el curso pasado por estas fechas estaba muy alegre, creía que iba a poder con todo (a ver, que al final pude, pero...) y no tenía miedo, solo un poco de incertidumbre. Pero claro, venía de una experiencia muy positiva. Recordaréis que mi primer año no paraba de hablar del trabajo, de mis niños y niñas, de lo feliz que era, a pesar de las dificultades y retos que tiene este trabajo (como todos).  Pero este curso todavía tengo el sabor amargo del curso pasado en los labios, y no paro de decirme: "¿Y si no era el centro? ¿Y si eras tú? ¿Y si este año se repite la historia?". Y no quiero. No quiero. Porque adoro este trabajo, porque me gusta ser profesora, porque luché mucho para conseguirlo y ahora no quiero ser una profesional amargada con lo que hace. No podría soportarlo.

En fin. Que lo que vengo buscando es un abrazo, un besito en la frente, ánimos, consejos de los más experimentados. No sé. Esas cosas.


jueves, 31 de agosto de 2017

No ha estado mal.

Hoy concluyen mis primeras vacaciones pagadas. Sí, a mis 29, mis primeras vacaciones. Sí, esas vacaciones maravillosas que tenemos los docentes. Ya tenía yo ganas de pillarlas, que lo mío me ha costado ganarlas. Y no han estado mal.

Lo cierto es que no he hecho nada del otro jueves. Una semana en la playa. Un viaje a Madrid. Una obra de teatro. Y mucho descansar, leer y no hacer nada, que es justo lo que no he podido hacer durante el curso.  Y retomar el blog. Ha sido un gustazo volver a escribir aquí, aunque, normal, las entradas ya no reciban tantos comentarios. Me da lo mismo, lo he pasado bien.

Ahora toca enfrentarse a otro nuevo curso. Otro nuevo centro (me han dicho que bueno, no sé, nunca se sabe), nuevas rutinas, a saber qué horario, otras maneras de hacer las cosas. En fin, lo de siempre. Pero hoy aún no quiero pensar en eso. Aún me quedan unas horas.

Mecachis... ¿por qué me habrá gustado tanto esto de las vacaciones? :(


PD: Probablemente esté aprovechando mi último día de vacaciones durmiendo hasta que sea escandalosamente tarde, porque ahora (es la 1.30 de la madrugada), mientras escribo esta entrada, estoy pensando en tirarme leyendo hasta que me dé la gana. Ea.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Bolero


Esperaré a que cambies
 de opinión
cobijada bajo un manto
 de quizás
y me alimentaré de las migajas
de tu amor.

Esperaré, hambrienta,
hasta el final
y acabarás por ver que yo
tenía razón,
que nadie va a quererte
nunca así.

Me encontrarás entonces,
corazón,
en el mismo rincón
donde quedé,
entregada, como siempre,
solo a ti.

Y si acaso fuese eterno
este adiós
y tus labios no volviesen
más a mí
recordaré este beso
que te doy,
despedida de todo
lo que fui.


martes, 29 de agosto de 2017

Azoteas.

Ella había estado en otras azoteas: había mirado las estrellas desde ellas muchas veces y se había apostado la ropa con el viento, perdiéndola en alguna ocasión. Sí, no era la primera vez, pero casi parecía que lo fuese. Quizá eran las ganas acumuladas: nunca había deseado a nadie como deseaba a Daniela. 

Compartían una manta vieja, un litro de cerveza y las vistas. Los bloques de pisos de Córdoba no podían hacer sombra a las torres, guardianas durante siglos de una ciudad que no había dejado de fluir, como el río que la cruza. Ella le preguntaba a Daniela por cada uno de los edificios antiguos, aunque ella no parecía demasiado interesada en la arquitectura. 

Un poco frustrada, se recostó y miró al cielo. Había comenzado a nublarse. Las nubes eran ligeras, delicadas, y estaban unidas por fibras casi etéreas, como el algodón de azúcar. Daniela se tumbó a su lado y, por fin, pareció atreverse a dar un paso: acababa de recostarse sobre su hombro, pero miraba al cielo.

Resistió el impulso de volver sus ojos hacia ella. No quería parecer ansiosa. Además,  tenía miedo. ¿Y si ella se sentía violenta? Respiró hondo. "Todo a su debido tiempo", se dijo. Pero ese mantra que se repetía varias veces al día no había conseguido callar esa voz que le brotaba de las entrañas y que no paraba de gritar que Daniela era la mujer de su vida. Parecía una locura, apenas se conocían, pero cuando estaba a su lado sentía que se desbordaba, que su cuerpo no iba a poder contenerla. Cabía la posibilidad de que se estuviese precipitando, de que todo fuese un error, desde luego. Pero estaba dispuesta a equivocarse a lo grande. 

El curso de sus pensamientos se vio interrumpido por el contacto de la mano de Daniela en la suya. ¿Era posible? ¿Estaba ocurriendo? No podía ser tan fácil. No. Tantos meses tanteándola, tantos meses cruzándose con ella por accidentes provocados y ahora, sin más esfuerzo, ella le demostraba su interés. Era demasiado bueno para ser real. 

Se miraron, sus rostros se fueron acercando lentamente hasta que, al fin...

-¡Mierda! -gritó Daniela.
-¿Qué pasa? 
-Está lloviendo, vámonos, corre -dijo ella, mientras se levantaba de la manta apresuradamente-. Podemos seguir  abajo, si quieres...

Pero no, no quería. Si no podía soportar mojarse un poco, si no entendía la poesía que hay en calarse hasta los huesos, no era la mujer que ella creía. 

lunes, 28 de agosto de 2017

No representes la misma obra, escribe una nueva.


Hoy, mientras estaba en Twitter, he visto un tuit bastante chulo al que le he hecho RT.


Digo que es un tuit chulo porque creo que a muchos nos ha pasado algo parecido después de tener una relación especial o muy larga. Durante todo ese tiempo se establecen lazos de confianza, entendimiento y cariño que provocan gestos y bromas cotidianos que son, en realidad, lo que se extraña cuando esa relación se acaba. Así que sí, creo que el tuit, en ese sentido, refleja algo que ocurre en muchas ocasiones.

Sin embargo, desde mi experiencia, creo que el enfoque está equivocado. Sí, ocurre. Se echan de menos esas cosas. Y cuando empiezas otra relación se es incluso más consciente de esa añoranza. Porque ya no tienen sentido ni lo tendrán nunca. Incluso puede ocurrir que, en un momento de mucha familiaridad, se te escape una broma que solías hacer antes y que recibas por única respuesta una mirada de extrañeza. Y eso es muy duro, la verdad. No es extraño pensar: "Nunca volveré a tener una relación así". Y puede que eso sea cierto. Pero eso no es necesariamente malo.

A veces nos empeñamos en representar otra vez una historia que recordamos con cariño pero que ya se terminó. Y si se terminó, por algo sería. Queremos meter a una persona en el papel de otra que ya no está en nuestra vida, y eso es injusto para nosotros y para la persona en cuestión. Y no importa siquiera lo mal que esté esta idea: es que, simplemente, no puede ser.

Lo único posible es empezar de nuevo, asumir que estamos escribiendo una historia diferente, que tendrá otras bromas, otros gestos, otras peculiaridades. Valorar esa relación por lo que es, no por lo que hemos vivido. Solo así nos daremos la oportunidad de ser felices.

A mí me ha costado un poco aprenderlo, pero ya está.


domingo, 27 de agosto de 2017

Léeme.


"Léeme", te digo,
y tú recitas, sin mirarme,
tus poemas.

Verso a verso
atraviesas la bruma.

Verso a verso
llegas a mis puertas.

Verso a verso
las golpeas.

Yo te abro,
tú aún no me ves,
mas con cada palabra
me arrancas una prenda.

Nombras al mar
y cae mi velo.

Nombras la sombra
y se apaga mi vela.

Nombras al amor
y me desnudas.

"Mírame", te digo,
"a ti y a la poesía entregada.
¿No quieres verme, acaso?"

Entonces alzas la mirada,
los ojos fijos en mí, extrañado:
"¿Qué crees que hacía,
mujer?"

"¿Desnudarme?", pregunto.

"No, amada:
te leía."

***

Al releer viejos poemas me doy cuenta de que a veces vivir es solo una excusa para escribir. Prefiero pensar eso a creer que soy una embustera. 

sábado, 26 de agosto de 2017

¿Pero era guapo?

Diría que somos hipócritas, pero creo que lo que somos, sin poder evitarlo, es contradictorios. Nos llenamos la boca hablando de aceptación física o corporal, de que hay que ser consciente de la diversidad y no discriminar a nadie por cuestiones estéticas. Pero luego -me ha pasado en multitud de ocasiones- cuando un amigo o amiga tiene un nuevo ligue o similar una de las primeras preguntas que sale a relucir es "¿Es guapo/a?".

Supongo que es normal, somos seres muy visuales y que las cosas sean agradables a la vista es importante para nosotros. Entonces, ¿qué pasa? ¿Que los feos nos tenemos que morir de ascopena? O quizá, simplemente, que nos tenemos que conformar con otro feo o fea, porque a ver, no podemos aspirar a más. ¿No es eso? 

Mucha gente lo piensa así. Por eso, cuando alguien que, según los cánones, no es atractivo está con alguien que sí lo es, se sorprenden. Como si eso fuese lo fundamental o, incluso, como si esas personas no pudiesen verse atractivas mutuamente. 

Yo creo que no es así. Recuerdo que mis amigas solían echarme en cara que me gustaban chicos feos. El pitorreo con un enamoramiento que tuve en primero de carrera todavía dura. Pero la cosa es que yo veía atractivo a ese chico como he visto a muchos otros. 

Es cierto que, en mi caso, tengo unos gustos poco normativos, no voy con la moda. A mí me atraen los hombres grandotes, pero no hipermusculados, con vello, con rasgos muy masculinos (barba, manos grandes...). Pero, aparte de eso,  me he dado cuenta de que tengo una percepción de la belleza condicionada a la opinión que tengo de la persona. Esto es: me cuesta ver fea a la gente que me cae bien.  Si alguien me cae mal y es guapo lo reconoceré. Pero si creo que es buena persona va a resultar casi imposible que lo vea feo. Y no es que me fuerce a verlo, ni que diga que tienen cosas buenas. No, de verdad, que los veo guapos.

Así que, cuando me preguntan si mis ligues son guapos no me queda otra que responder que sí.  Y claro, a veces la gente se espera cosas distintas a las que se encuentra, pero bueno, a mí me viene dando igual. Me gusta ver a la gente bonita. Creo que esta es una de mis taras preferidas.

Y a vosotros, ¿también os pasa? ¿Conocéis a alguien a quien le pase?

¡Besos!

jueves, 24 de agosto de 2017

El sexo está sobrevalorado.

O no. A lo mejor lo que pasa es que está mal valorado, mal comprendido. Hace unas semanas tuve una conversación sobre este tema con alguien, curiosamente un hombre. Él mantenía que el sexo está sobrevalorado y yo decía que en realidad no. Creo que en el fondo estamos de acuerdo, pero, como casi siempre, el aparente desacuerdo viene de un tema de definiciones. De qué entendemos por sexo, vaya.

Y es que lo que yo creo es que mucha gente no tiene ni puta idea de qué va el sexo. Y escribo hoy estoy porque  hace unos días hubo en Twitter una polémica a raíz del tuit de una chica que decía que pasaba algo con la gente que tenía más de 25 años y se había acostado con menos de 10 personas. Desde luego, la chica lo vertía como una opinión personal y oye, cada uno puede tener las opiniones que quiera, por muy erróneas que sean. Pero en ese tuit se deja entrever uno de las imposiciones de nuestra época, posterior a la "liberación sexual" de la mujer: TIENES QUE TENER MUCHO SEXO PORQUE PUEDES.

Y no, eso es un error. En varios sentidos.

Primero: tener un derecho no implica obligatoriedad de ejercerlo. Yo puedo acostarme con quien quiera (siempre que haya consentimiento, claro), pero eso no implica que tenga que hacerlo. Por mil razones. Porque no me apetezca, porque necesite una conexión, porque no me fíe de esa persona (conforme está el percal, como para no asegurarse). Por mil razones. La cosa es que una persona puede ser consciente de su derecho a tener sexo libremente sin sentir la necesidad de ejercerlo. Y no pasa nada.

Segundo: Cantidad. ¿Y la calidad, qué? Es cierto que a mí 10 personas con 25 años no me parece un número tan elevado. Depende de la edad a la que hayas tenido tu primera experiencia y de las vivencias que hayas tenido después. Quizá lleves toda la vida con tu pareja del colegio. O quizá hayas empezado a tener relaciones a los 25. O puede que hayas estado peleándote para descubrir tu orientación sexual hasta muy tarde porque vivías en un entorno opresivo, mil cosas. O puede que hayas tenido una época en la que solo te apetecía tener relaciones esporádicas y hayas quemado Tinder, consiguiendo los diez en cosa de dos meses o tres. Ahora bien, ¿eso indica algo? ¿Nos permite sacar alguna conclusión significativa? Pues ninguna. De una cantidad no podemos extraer nada significativo. Yo tuve una época de tener bastantes relaciones esporádicas y algunas estuvieron bien o muy bien, pero una buena parte de ellas fueron decepcionantes. ¿Por qué? Porque no me conocía bien, porque mis parejas pensaban que lo sabían todo, porque yo no me sentía con libertad para dar indicaciones. Por mil razones.  Que, ojo, también puedes tener pocas relaciones y que sean penosas, porque en esto, como en muchas cosas, se aprende con la práctica. Pero vaya, que tener mucho sexo no es sinónimo de nada.

Al final parece que  todo se reduce a lo mismo: números. ¿Cuántos amigos en Facebook? ¿Cuántos seguidores en Twitter e Instagram? ¿Cuántos retuits? ¿Cuánto te ha costado? Medirlo todo con cuantitativos y no con cualitativos.

Tercero: El sexo no siempre es bueno. No me refiero a cualitativamente bueno (placentero, agradable, excitante), sino a emocionalmente bueno. Hay un montón de gente que suple carencias emocionales con sexo (porque hay que tener sexo, nos lo dicen por todas partes). Entonces, cuando necesitas un abrazo, o que te escuchen, o sentir que existes, pues buscas sexo, porque es "fácil". Entendedme: a veces es más fácil encontrar a alguien que quiera darte un meneo que alguien que quiera sentarse contigo un rato a charlar de tus problemas. O a veces, simplemente, no te apetece charlar y te evades por ahí. Esto, en ocasiones, lleva a sentimientos bastante negativos: culpa, asco, remordimientos, baja autoestima... Para tener sexo no solo hay que tener la posibilidad y las ganas: hay que estar preparado.

Por eso digo que el sexo no está sobrevalorado: porque no se valora. Lo que está es omnipresente, se ha convertido en una moda, en una convención social. Es el nuevo tabaco. Casi parece que hay que tener sexo por presión de grupo. Pero por esa misma razón se está banalizando. Y ojo, que no digo que el sexo tenga que ser una experiencia mística siempre, no es mi estilo. Simplemente digo que es una interacción humana bastante íntima y que hay que tener eso en cuenta. Y también os digo que tengo la firme convicción -quizá porque soy un poco perfeccionista-  de que, como en otras muchas cosas, para hacerlo mal, mejor no hacerlo.


miércoles, 23 de agosto de 2017

Libro: Modelos de mujer, de Almudena Grandes.




La historia de cómo llegué a este libro es un poco larga. Empieza con "Aunque tú no lo sepas", de Quique González, sigue con la llegada al poema de Luis García Montero del mismo título, y en el que esa canción se inspira, desde allí, a una entrada de Wikipedia en la que descubrí que Almudena Grandes había escrito un relato inspirado en ese poema. Busqué el relato y descubrí que estaba incluido en esta antología. La busqué, la conseguí, y me puse a leerla. La verdad es que uno nunca sabe cómo va a llegar a la siguiente lectura... :P En fin, la acabé anoche y os quiero contar un poco qué tal.

¿De qué va el libro?

Se trata de una antología de relatos con protagonistas femeninas bien distintas entre sí. Aunque "Modelos de mujer" es el título de uno de los relatos, también describe bastante acertadamente la temática de la antología, pues se presentan mujeres de diferentes perfiles.

Hablando del libro...

Empecé a leer el libro con un poco de precaución. No había leído nada de Almudena Grandes (aunque la oí hablando de su novela Los besos en el pan y me dije que tenía que leerla, pero aún no ha llegado ese momento) y no sabía qué iba a encontrarme. Pero mis miedos eran infundados. El estilo me cautivó enseguida, me enamoré de la manera en que Almudena enlaza las palabras, cómo se expresa, cómo te introduce en la historia y y te arrastra a lo largo de ella. Cuando acabé ese primer relato, "Los ojos rotos", me quedé tan epatada que no sabía si seguir leyendo o dormir debajo de la cama. En serio. Me dejó rota.

Os soy sincera: lo empecé por el principio por probar, pero iba casi convencida de que acabaría leyendo el relato inspirado en "Aunque tú no lo sepas" y poco más. Pero no. Seguí leyendo un relato tras otro, disfrutando de ellos, incluso viviendo alguno. Claro, que me he visto reflejada en algún personaje y en alguna situación. Evidentemente, sé que eso no define la calidad de una obra, pero ayuda a la experiencia de lectura :P

Es cierto que los personajes no son tan profundos como podrían serlo en una novela (no hay espacio material para desarrollarlos) y algunos de ellos pueden parecer un poco típicos, pero no por ello dejan de ser interesantes: incorporan los detalles necesarios para que el relato sea creíble, para que la historia tenga sentido. No obstante, por lo que la autora dice en el prólogo, algunos personajes han sido rescatados para algunas de sus novelas, así que supongo que tendré que leerlas...

En resumen, os recomiendo mucho y muy fuerte

Os dejo un trocito...

Pertenece al relato "Malena, una vida hervida", uno de mis favoritos.

"Y ahora estaba allí, sentada en el suelo del garaje de Milagros con las piernas estiradas, escrutando ansiosamente  la dirección que tomaba la boquilla de la botella de cerveza, el signo de un azar que parecía haberse encoñado sin remedio con Andrés, aquella tarde.
Se detuvo una vez más a sus pies, y el corazón le dio un vuelco, porque le tocaba, esta vez le tenía que tocar, no había discusión posible. Las reglas del juego prohibían repetir beso, y Andrés ya había besado a las otras siete chicas de la pandilla, de la más guapa a la más fea, con la única excepción de Milagros, que era la novia de su hermano mellizo y hasta ahí podíamos llegar, así que ahora le tocaba a ella, solo quedaba ella, y sin embargo, y sin ningún titubeo, él eligió a Silvia por segunda vez. Alguien protestó, es que ya no queda ninguna más, explicó él, claro, es verdad, los demás le dieron la razón y ella no se atrevió a decir nada, porque nadie la miraba, nadie la mencionaba, nadie parecía darse cuenta de que aún quedaba ella, intacta sola, muda. [...] Pasó toda la tarde mirando al río, sentada en una peña, meditando, y cuando llegó a casa, mucho antes de la hora límite, encontró a su madre en el porche, haciendo ese puzzle que no se acababa nunca. He decidido ponerme a régimen, mamá, dijo solamente. Ella le sonrió, la abrazó, y le habló bajito, ya verás como todo sale bien, ya lo verás, qué guapa te vas a poner, Malena..."

En resumen, este libro...



Creo que esta noche empezaré a leer Ready Player One, combinándolo con las obras completas de Luis García Montero y con otras cosillas que tengo por ahí a medias. Quién me iba a decir a mí que iba a llevar varias lecturas a la vez :P jaja.


martes, 22 de agosto de 2017

Historias imaginadas.

Todos somos muchas historias.
Una, la que contamos.
El resto, las que leen los demás.
Para eso, claro, hay que dejar
que nos lean,
descorrer las cortinas y dejarnos ver
desnudos, indefensos,
permitir que la lluvia
nos borre el maquillaje
y temblar ante ellos.

Pero no...
Preferimos dejar que imaginen,
que completen los huecos de nuestra historia,
que confíen primero y que,
cuando desconfíen,
la curiosidad haya desaparecido,
que se marchen en silencio,
empujándonos al olvido,
porque si se quedan...

Si se quedan descubrirán nuestras heridas,
las manías,
los esqueletos del armario,
la tapa del váter levantada,
los ronquidos,
el vicio del tabaco,
la irritante costumbre de decir la última palabra
o de mirar el móvil después de besarlo,
las lágrimas mal disimuladas cuando se marchan
o el temblor que nos sacude antes de decir "te amo".

domingo, 20 de agosto de 2017

Una persona normal.

Esta entrada fue escrita el 08/08

Hoy he ido a comprarme una bolsa de pipas a la tienda de chuches, he cogido el coche y me he ido al campo, a jugar con los gatetes de mi padre y a disfrutar de la brisa que, allí sí, corre. En la carretera me he cruzado con mi hermano. Nos hemos saludado con la cabeza y en ese momento, mientras me acercaba al STOP del cruce ha ocurrido: me he sentido una persona normal.


Hace años, entre tres y cuatro, quizá algo más, escribí en este blog una entrada que se titulaba "Amaxofobia" y en ella hablaba justamente de eso, de mi miedo a conducir. No la busquéis, no está. La borré porque me moría de vergüenza, porque la gente la visitaba y verla ahí, entre lo más leído, me recordaba lo fracasada que era. Porque así me sentía: fracasada.

Al fin y al cabo no hacían más que repetírmelo: todo el mundo lo hace. Todo el mundo conduce, ¿no vas a hacerlo tú? Y entonces además de fracasada me sentía rara. Y sentirse rara es una puta mierda.

Ojo, que una cosa es sentirse especial y otra es sentirse rara. Yo me sentía un bicho raro, alguien defectuoso. Me odiaba cuando me decían que tenía que llevar a mi tía y a mi madre a hacer la compra al pueblo del lado y me pasaba toda la noche en vela por la ansiedad. Y odiaba la sensación de sentarme al volante y empezar a sudar aguantando, además, que mis pasajeros se riesen de mi nerviosismo. Que esa es otra. La gente eso de la empatía lo lleva regular. La gente que no sabe lo que es tener una fobia incapacitante suele ridiculizar bastante a quien las tiene. Ojalá supiesen lo que se siente cuando algo que hace todo el mundo a ti te supone una pesadilla.

Por eso hoy cuando me he visto conduciendo tranquila, cómoda, capaz de saludar a mi hermano cuando me lo he cruzado, después de haber vuelto de una ciudad conduciendo yo, después de haber ido y vuelto a Córdoba dos veces en menos de un mes, y después de bastantes cosas en las que he caído en la cuenta, así como en un destello, he sentido un escalofrío de placer por la espalda y he pensado: "Coño, Bettie, otro monstruo moribundo".

Fue duro, y me llevó echarle muchos ovarios. Me obligué a conducir. Me apunté a #ElCurso para tener que conducir todos los días un trayecto corto. Y luego empecé a trabajar y tenía que conducir. Y entonces me compré el BettieMovil. Y era precioso. Y era mío. Y me llevaba donde yo quería. Y empecé a atreverme. Y a llevar a mi padre al médico. Y a irme a Valencia sola. Y el gran salto lo di hace casi un año (el día 15 de agosto de 2016), cuando cogí mi cochecillo y decidí que me iba a Córdoba en coche a buscar piso porque sí, porque yo podía, porque era una mujer de armas tomar.



Y hasta hoy. He ido ganando batallas durante este año de manera intensiva. Conducir por ciudad. Ir de fin de semana en coche, porque sí. Irme a otra ciudad a un concierto y que el hecho de tener que coger el coche no fuese impedimento. Con mi coche me fui a comprar mi vestido de gitana y me recorrí un Hipercor y dos Carrefour para encontrar los zapatos.

No nos vamos a mentir: conducir me sigue dando respeto, pero creo que sería una inconsciente si no fuese así. Sin embargo, se fueron las nubes negras. Y en esto, también, me siento muy orgullosa de mí misma y de mi cabezonería.



sábado, 19 de agosto de 2017

Calles de Madrid.



¡Ya estoy de vuelta! No me he perdido en Madrid y he conseguido reunir las fuerzas necesarias para volver (las vacaciones, los viajes, no duran para siempre, por desgracia). En fin, pongo punto y final a ese sueño cumplido que ha sido visitar Madrid, callejear por la capital de España, pisar esas calles donde tantas cosas han empezado y respirar ese aire que, si bien no es el más limpio del mundo, tiene algo especial.

Madrid es otra cosa. Estoy desarrollando el talento de detectar el alma de las ciudades cuando camino por ellas. Córdoba no tiene nada que ver con Valencia, por ejemplo. Y Madrid también es algo especial en sí misma. Diferente. ¿Queréis saber cómo es el alma de Madrid? Pues a lo mejor me explico muy mal, pero es el alma de una ciudad que se siente importante. Los madrileños saben que están en el centro de todo, y claro, eso tiene que calar de alguna manera. También es el alma de una ciudad pionera. Madrid parece sentirse punta de lanza de muchas cosas importantes. Y lo que más noté fue el ambiente de libertad. Gente vestida de mil maneras distintas, cada una con su estilo. Y, sobre todo, parejas homosexuales paseando de la mano, besándose en el metro, abrazándose en la calle. No es algo que yo haya vivido igual en otras ciudades en las que he estado. No creo que sea porque en Madrid se sienten más seguros. Creo que tienen tan interiorizada la lucha que lo hacen porque así debe ser, porque no merece la pena esconderse por miedo. No sé, me ha gustado.



Y Madrid, en sí, también. Me ha gustado que sea una ciudad llena de cosas para ver y hacer. Me ha gustado el Museo del Prado (ya sabéis que era la razón por la que elegí ir a Madrid). Pensé que iba a pasarme la visita llorando, pero no. Solo lloré ante Las Hilanderas, de Velázquez. Pero todavía no me creo que haya estado delante de Las Meninas, Las Tres Gracias, El Aquelarre de Goya, o su tétrica romería de San Isidro, La Anunciación, de Fra Angelico, El Jardín de las Delicias de El Bosco, El Descendimiento (todavía recuerdo a mi profesor de Historia del Arte explicándome esa obra), maravillarme ante las obras de El Greco y alucinar fuerte con su obra Una fábula, que no conocía. Salí de El Prado con el alma llena de cosas hermosas y de sentimientos hermosos. Y me sentía tan hermosa que hasta me atreví a compartir una foto de mi cara de felicidad en Instagram. Y también salí con dolor de pies, eso sí.  Sé que, cuando vuelva a Madrid, volveré al Prado.



Además de eso, que era el plato fuerte, he callejado y visto lo típico, he visto el estanque del Retiro, con sus barcas y sus peces mutantes, el Palacio de Cristal, el duende de la Casa de Fieras, los pavos reales...He paseado por el Barrio de las Letras, por la calle donde vivieron Cervantes y Lope de Vega. He curioseado los puestos de libros de la Cuesta de Moyano. Me he hecho fotos junto a Julia, la estudiante de la calle Pez. He visto el monumento a los abogados del despacho de la calle Atocha. He hecho cola para cenar en un burguer en Gran Vía, frente a Callao. He Malasañeado, como una moderna más. He pasado por el Penta (aunque ni rastro de la chica de ayer :P). He desayunado chocolate con churros. He comido cosas ricas y compartido momentos con gente genial. He visto el Templo de Debod. He tomado café con tuiteros madrileños y no madrileños al lado de la puerta del Ministerio del Tiempo. He visitado la casa de Sorolla. He paseado por las Fiestas de La Paloma. He montado en el Metro de Madrid. Y me ha gustado. Todo me ha gustado mucho.



Pero ya se acabó. Ahora lo soñaré. Hasta que vuelva.

Gracias Madrid :)



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