miércoles, 28 de junio de 2017

Autoevaluación

Fin de curso. Hace ya casi una semana que acabaron las clases, aunque los profesores seguimos trabajando (bueno, eso aquellos a los que no les han dado la patada el último día de clase, como me pasó a mí el año pasado). Como se nos suele pedir, llega el momento de evaluarse, de ver qué hemos hecho bien, qué hemos hecho mal y cómo podemos mejorar.

Yo tengo muy poca experiencia. Es mi segundo curso como docente, así que tengo poco con lo que comparar. Además, ni siquiera creo que tenga sentido hacer comparaciones: este curso y el pasado han sido tan distintos como el día y la noche. He tenido un curso duro, los que están en contacto frecuente conmigo (amigos de Internet, compañeros de trabajo y mi sufrido cordobés) lo saben. Vosotros también lo habréis notado: el año pasado, trabajando y con las oposiciones, escribía con regularidad en el blog y aprovechaba cada pequeña excusa para hablar de mis alumnos y de mis vivencias en el trabajo. Este año... bastante menos. Por falta de tiempo, sí, pero también de ánimo y ganas. 

Este curso no es que tenga la sensación de haber hecho las cosas regular, de no haber acertado del todo (supongo que eso es lo normal, siempre hay algo mejorable), sino que tengo la sensación, más dolorosa, de que todo mi esfuerzo (que no ha sido poco) no ha servido para nada. Salvaría alguno de mis 17 grupos de alumnos, pero no demasiados. La mayor parte de mis horas de clase han sido como darme contra un muro, y mirad que yo intento hacer borrón y cuenta nueva cada vez, esperar lo mejor de cada clase, aunque la anterior haya sido un infierno. Pero nada, no me ha resultado. Me parece que yo me he dejado la piel y que se me ha estado tomando el pelo. Y no hablo solo de los alumnos, sino en general.

He echado mucho de menos mi centro del año pasado. El ambiente, la camaradería, la tranquilidad (que sí, que había líos, como en todas partes, pero nada que ver...) 

La cosa es que todo esto ha influido en mi ánimo, y he acabado el curso desanimada, sin ganas: el trabajo, las circunstancias, me han vencido. Pero, al menos, no del todo. He encontrado compañeros que merecen la pena. Mi compañera de departamento es un amor. Mi primera tutoría ha sido inolvidable (mis alumnos me siguen buscando para que nos veamos ahora que ya no soy su profesora).  Ha habido cosas buenas y con eso es con lo que me quiero quedar. Y en fin, ahora cruzo los dedos para que el curso que viene las cosas vayan un poco mejor. Lo cierto es que es algo que me preocupa mucho. Otro año así y no sé... A ver si hay suerte...

Ahora voy a intentar olvidarme de estas cosas, por lo menos un par de semanas. A ver si el Mediterráneo me echa una mano... :)

sábado, 24 de junio de 2017

Mi cuerpo.

Cuando estudiaba la carrera, en una asignatura sobre estética, hablamos de un libro que se titulaba Mi cuerpo es un campo de batalla. Me llamó la atención el título y me costó entenderlo en profundidad. Hoy lo entiendo, sí. Y sí, mi cuerpo también es un campo de batalla, como el de muchas otras mujeres (y no solo mujeres). No deja de parecerme triste que mi cuerpo, que debería ser hogar, que me permite bailar, y reír, y moverme y abrazar, sea mi enemigo, un ente salvaje al que someter a mis designios. ¿Míos? Bueno, eso estaría por ver.

Me pongo ante el espejo, desnuda, y apenas tardo unos instantes en ponerme ropa interior, en cubrirme en parte. El pubis, con vello, alejado de los cánones actuales, y los pechos, grandes, pero nada parecidos a los que aparecen en las películas pornográficas, a los que se dejan ver en los posados de las modelos. Nada parecidos al ideal. 

Bueno, así, más o menos. El culo y el pubis ocultos, el pecho recogido. Algo mejor. Entonces, sí, puedo comenzar a examinarme.

Del suelo a los tobillos, me detesto. Es uno de los muchos complejos estúpidos que tengo, pero odio mis pies. Cuando llega el verano y el momento de ponerme sandalias y calzado más descubierto sufro porque no hay calzado que se vea bonito en mis pies. Que yo vea bonito en mis pies. 

Subimos y ahí están, las piernas. De rodillas para abajo, pasables. de vez en cuando acepto ponerme un vestido por debajo de la rodilla. Total, nadie se para a mirarme las piernas. Pero cuando yo lo hago... Ese pelo rebelde que se ha resistido a la depilación, los poros marcados, los gemelos excesivamente gordos... En fin, dejémoslo estar. Al menos es mejor que de rodillas para arriba: esos muslos desproporcionadamente gruesos, llenos de celulitis, fofos... En fin, así no hay manera.

Me pongo de lado y me digo que, bueno, aunque tengo la tripa fofa, al menos tengo cintura. O, más bien, tener unas caderas enormes ayuda a que parezca que tengo cintura. Sí. Y tener el pecho grande completa la forma de reloj de arena. Es algo por lo que puedo dar gracias. Menos da una piedra. Eso sí, tripa tapada, pecho tapado. Este año he vuelto a ponerme escote para vencer mis complejos. No ha estado tan mal. Bueno, y hoy me he puesto un vestido por encima de la rodilla y tampoco ha pasado nada. Y pantalones cortos. Bueno, el mérito de esto es de  Córdoba y de sus más de 40 grados, claro. 

En fin, sigamos. Por los brazos, por ejemplo. No me gustan mis brazos. Sobre todo, no me gusta cómo aparecen en las fotografías. Los veo más grandes de lo que me parecen día a día. Lo que sí me gusta, eso he de concederlo, son mis muñecas. Son pequeñitas, elegantes. Debe ser lo único elegante que tengo en el cuerpo, eso sí. 

Y bueno, sobre los hombros... Prefiero no hablar del cuello, aunque me gusta bastante cómo se ven mis clavículas. De nuevo, algo es algo. La cara... En fin, no es horrible, tengo una cara más o menos simétrica, no del todo desagradable. Demasiado redonda, con una frente demasiado grande y unos ojos que, además de hacerme transparente para todo aquel que me conoce un poco, son de lo más normales y, para colmo, miopes. Todo son ventajas. 

Acabemos por lo mejor que tengo: los rizos. Tantos años renegando de ellos, atormentándome con secadores, planchas del pelo, recogiéndolos para que no se viesen, para que no estorbasen... Me alegro de haberlos aceptado por fin. Sí, me encantan mis rizos. Qué pena que no ocurra lo mismo con todo lo demás. 

Pero, después de todo, es mi cuerpo. Mi hogar. Y, a pesar de todo, intento aceptarlo. Aceptarme. Porque yo soy él y no sería la misma si él hubiese sido distinto, estoy convencida. 

Bueno, ¿y qué hay de vuestro cuerpo?

jueves, 22 de junio de 2017

Libro: El cuento de la criada, de Margaret Atwood.


Parece ser que este es el libro del que todo el mundo habla últimamente. Se debe, claro, a que se ha hecho una adaptación en forma de serie que se ha estado emitiendo últimamente. Yo, que me dejo llevar por las modas como cualquiera, me he puesto a leer el libro. Aunque la moda no ha sido la única razón.

¿De qué va el libro?

El libro nos sitúa en un futuro cercano, eso sí, distópico. Se trata de una sociedad fuertemente jerarquizada, regida por un orden teocrático en el que todos los papeles están repartidos y en el que nadie puede salirse del rol que se le ha asignado. En ese contexto, una Criada nos cuenta su historia, nos narra cómo es el mundo en el que vive visto a través de sus ojos. 

Hablando del libro…

Por favor, leedlo. Si os gustan las distopías, leedlo. Además, si no os va la ciencia-ficción, podéis disfrutar de esta distopía, pues no incorpora elementos de ese género.

Lamento mucho que este libro haya permanecido desconocido para mí hasta ahora, porque me parece maravilloso por muchísimas razones. Voy a intentar hablaros de ellas sin entrar en el argumento, porque creo que hay que leerlo sin saber demasiado, para dejarse sorprender.

La primera razón para leerlo es que Margaret Atwood escribe fenomenalmente bien. Leer este libro es una auténtica gozada, de verdad. Las descripciones son maravillosas, te metes dentro de la historia y de los sentimientos de la narradora/protagonista. Me ha encantado en ese sentido.

La segunda razón es que es una distopía escrita por una mujer. Y sí, creo que esto es una razón en sí misma para leer esta novela, porque con su lectura he podido corroborar que Margaret Atwood ha plasmado cosas que otras distopías escritas por hombres no llegan ni a vislumbrar. Es un punto de vista que merece muchísimo la pena.

La tercera razón es que, simplemente, es un buen libro. Es entretenido, interesante, engancha, está bien escrito, cuenta una historia que vale la pena leer y te deja con el culo torcío, o al menos a mí me ha dejado así. Me ha dado mucho que pensar y tengo muchas ganas de comentarlo, así que si lo  leéis, me haríais un favor, porque aquí no quiero contar nada de la trama o la ambientación que pueda arruinarle la lectura a alguien.

Os dejo un trocito…

Madre, pienso. Estés donde estés, ¿puedes oírme? Querías una cultura de mujeres. Bien, aquí la tienes. No es lo que tú pretendías, pero existe. Tienes algo que agradecer. 

En resumen, esta novela…




Ahora voy a seguir leyendo Dilo en voz alta y nos reímos todos, de Fernando J. López. Algo ligero para pasar el duelo de esta novela.

¡Nos leemos!

sábado, 17 de junio de 2017

Hace casi un año.

Hace casi un año, un sábado como el de hoy, yo estaba muerta de nervios en una habitación alquilada. Por la ventana entraba la música de la fiesta de un colegio cercano. Yo, frente al ventilador, revolvía los apuntes. Y digo bien: los revolvía. No tenía cuerpo para estudiar más, por muchas razones. Mi propia vida estaba revuelta, como los apuntes, se avecinaban grandes cambios, aunque yo aún no lo sabía. 

Si estaba en una habitación alquilada (sin aire acondicionado) era porque me había sido imposible encontrar otro alojamiento. Ese fin de semana se celebraba la Noche Blanca del Flamenco en Córdoba, así que la ciudad estaba a rebosar. Hasta la pensión más simplona estaba llena. 

Esa noche pasé la noche en blanco, pero no escuchando flamenco, sino intentando vencer al calor y, sobre todo, a los nervios. Había reservado un taxi para que me llevase a la estación de tren (tenía que coger el tren de cercanías para llegar al examen), pero lo cancelé y me fui andando. A las cuatro y algo de la madrugada salía de mi alojamiento y caminaba por una ciudad en la que no me había sentido demasiado acogida. Ese paseo, sin embargo, me reconcilió un poco con Córdoba. Las calles casi desiertas, los gatos del vial, el fresquito de la madrugada... 

¿Quién me iba a decir que ahora iba a estar donde estoy? En aquel momento ni me lo imaginaba. Todavía no había nada hecho.

Hoy se celebra la Noche Blanca del Flamenco y, por suerte, no he tenido problemas con el alojamiento (cosas de vivir aquí). Además, tampoco tengo que estudiar para un examen de oposiciones (cosas de haber aprobado ya). Por si fuera poco, he terminado de pasar las notas de mis múltiples grupos de alumnos a la plataforma y, aunque si quisiera podría ponerme a hacer más cosas, creo que las haré durante la semana, que me he ganado descansar el resto del finde. Y creo que me he ganado irme esta noche a ver espectáculos de flamenco en mi maravillosa nueva ciudad. 

Pues eso, que esta noche, si nada me lo impide, me planto el vestidazo y me voy a sentir Córdoba, ea. 

Ya veis, la vida me ha dado un regalo y estoy intentando disfrutarlo tanto como puedo. 



martes, 6 de junio de 2017

Regalar cultura es clasismo (parece ser).

Hoy he leído este tuit de una librera a la que sigo.


Podéis leer toda la conversación si entráis en el enlace, os animo a hacerlo, pero el resumen es que Silvia Broome cuenta una historia sobre un niño que adora la Antigüedad y que va a la librería con su madre. Ella, que es especialista en historia antigua, le enseña de todo al niño y el niño alucina. Y la madre se gasta 80 euros en regalarle al niño los libros que le han gustado. 

¿Reacción lógica? Pues si hay que tener alguna, yo creo que es aplaudir y decirle a la madre que olé sus ovarios. No sé cuál es la situación de esa madre, pero gastarse 80 euros en libros y cultura para su hijo no me parece una mala inversión. Pero, ¡vaya!, resulta que esta reacción es clasista, supongo que porque no todos los padres y madres del universo pueden gastarse ese dineral en libros para sus hijos. Y es cierto, no estoy ciega. Pero hoy en día, en España, eso puede dificultar, pero no impedir, que estos niños tengan acceso a la cultura. Y lo sé, porque yo he sido una de esas niñas. 

Sí, ahora viene una anécdota ñoña sobre mi infancia. 

Mi familia ha sido siempre pobre. No pongo paños calientes. Para mí utilizar ropa de segunda mano ha sido lo normal (y no me he muerto, ojo). Por supuesto, los libros, siempre de segunda mano (si era posible). Desde muy niña recuerdo, vagamente, a mis padres haciendo cábalas sobre de dónde iban a sacar el dinero para pagar esto o aquello (mis gafas nuevas, las de mi hermano, mis aparatos para las piernas...). Así que, evidentemente, todo lo que no era necesario, era superfluo. Cuestión de supervivencia. 

No hablo de esto con amargura, ya no. De hecho, esta circunstancia vital mía me ha dado algunas alegrías (como esta) e, indudablemente, me ha hecho, en parte, ser quien soy. Pero yo no quería hablar de esto en concreto. 

A lo que yo iba. Mis padres no podían gastarse 80 euros en libros. Los libros eran, para mí, un premio. Cuando iba al médico y me portaba bien, me regalaban algún cuentecillo. Los Reyes traían libros. En mi cumpleaños, libros. Pero mi hambre lectora, que era voraz, no se satisfacía con aquello, así que hubo que buscar una solución. Y allí estaba: la biblioteca.  Yo tenía cinco años, casi seis. Mi madre se hizo socia de la biblioteca municipal y se venía conmigo cada tarde un rato a la biblioteca. Puede que no le veáis mérito, pero mi madre siempre tenía algo importantísimo que hacer o, mejor dicho, que limpiar. Ya entonces supe valorar esa hora o algo más que pasaba conmigo en la biblioteca, y más aún con el tiempo. No duró demasiado: en cuanto la bibliotecaria se dio cuenta de que yo no iba a dar ningún problema, mi madre me dejaba allí y pasaba a recogerme luego, y me encontraba igual que me dejó: con la nariz metida en algún libro. 

Yo no era una lectora exquisita. No leía a Stevenson, ni buscaba cosas "de mayores". No tenía criterio. Simplemente leía todo lo que se me ponía por delante y siempre tenía ganas de más. Y mis padres siempre se preocuparon de que, a pesar de los pocos medios que teníamos, esas ganas nunca quedasen insatisfechas. 

¿Es clasista eso? ¿Intentar que tus hijos tengan cultura si la quieren? Llamadme lo que queráis, pero a mí me parece todo lo contrario. Esta es mi manera de hacer lucha de clases: aprender. Esta ha sido mi manera: formarme. No quedarme ignorante, sino ir más allá para llegar a sitios en los que se suponía que no tenía que estar. 

¿En qué mierda de sociedad estamos si acceder a la cultura es clasista? ¿Qué no es clasista, permanecer ignorantes? ¿Cuándo se han pervertido tanto los conceptos? 

Y, por último, una pregunta más... ¿Soy yo o el número de tontos por metro cuadrado está aumentando preocupantemente? 


lunes, 5 de junio de 2017

Libro: Ritos funerarios, de Hannah Kent


Hace unas semanas desvirtualicé a MGnolia, y vino con un libro bajo el brazo y algunas cositas más :) El libro era Ritos funerarios y me dijo que había sido uno de sus libros del año. Una afirmación así crea curiosidad, así que en cuanto acabé lo que tenía empezado me puse con él. Un mes después, lo termino. Este año no estoy leyendo casi nada y eso me pone muy triste :( Pero en fin, allá voy con la reseña.

¿De qué va el libro? 

Agnes está condenada a muerte por el asesinato de dos hombres. El comisionado de la comarca decide que la ejecución debe tener lugar cerca de donde se cometió el crimen y que, mientras ese momento llega, Agnes debe ser custodiada por una familia de la zona. La situación, extraña e incómoda, genera una tensión grande en la casa que la acoge y en la comarca en la que esta se sitúa, pero la convivencia desencadena situaciones, sentimientos e intercambios entre los miembros de la familia y la condenada a muerte que conforman una inusual preparación para el temido momento. 

Hablando del libro...

Bueno, lo primero que debo decir es que el libro está basado en una historia real. Al comienzo de cada capítulo se pueden encontrar fragmentos de correspondencia, documentos oficiales, poemas y demás que hablan del caso del asesinato de Natan Ketilsson y su ayudante, y de la sentencia a los culpables de su muerte. Ritos funerarios está inspirado en la historia de la última mujer decapitada en Islandia y en la lectura se nota que hay un gran trabajo de documentación, eso sí, perfectamente integrado en la narrativa. La autora no se regodea  en los datos, pero la novela está plagada de detalles que pueden resultar imperceptibles pero que dotan a la narración de verosimilitud.

Sin embargo, eso no es lo que destacaría de Ritos funerarios, aunque, por supuesto, es algo meritorio. Ritos funerarios tiene un toque costumbrista que la hace brutal. Agnes se integra en la vida de la pequeña granja en la que la retienen como una criada más, de hecho, goza del trabajo y del trasiego, de sentirse útil, pero, al mismo tiempo, ni ella, ni sus guardianes, ni, por supuesto, el lector, puede olvidar que esa mujer está viviendo en tiempo prestado y que, a pesar de la cotidianeidad, en cualquier momento será ejecutada. 

Lo más cruel de todo es que se acaba por tomar cariño a Agnes. No quiero hacer spoilers, porque creo que el recorrido narrativo acerca de su personaje hay que hacerlo sin prejuicios, pero es verdaderamente emocionante. 

No es un libro que haya devorado, no solo por la falta de tiempo, sino porque el cuerpo tampoco me pedía leerlo apresuradamente. Eso sí, necesitaba seguir leyéndolo poquito a poco, sin pausa, saboreando poco a poco sus páginas. Me ha gustado de una manera serena y, con serenidad, he derramado lágrimas al final, porque sí, porque soy así de idiota.

¿Lo recomiendo? Pues sí. No es una lectura adictiva y rápida (o al menos a mí no me lo ha parecido), pero es una lectura que merece la pena experimentar. 

Os dejo un trocito...

Pero ven que tengo una cabeza sobre los hombros y creen que una mujer que piensa noes de fiar. Y le guste o no, ésa es la verdad, reverendo.

En resumen, esta novela...


Ahora he empezado a leer El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Todo el mundo habla de él, y yo no soporto haberme perdido hasta ahora una distopía que merece la pena. 
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