viernes, 4 de agosto de 2017

Conversemos.

Estoy leyendo un libro muy recomendable para padres o para todas aquellas personas que tengan que educar a niños y adolescentes. Se titula De Platón a Batman, por si os apetece echarle un ojo. Estoy en las primeras páginas, de hecho hoy he acabado la primera parte (de tres que tiene). Esta mañana, mientras leía, he llegado a un tema que me ha parecido fundamental. Dice el autor que en las familias no se habla, y yo creo que es verdad. Bueno, hablar sí se habla. Lo que no hacemos es conversar. Hablamos por llenar el vacío con palabras, por miedo al silencio, porque algo hay que hacer. Pero ese "hablar" dista mucho de conectarnos con nuestros familiares. Y no tengo claro que no pase algo parecido entre amigos, supuestamente personas más afines a nosotros, con las que debería ser más sencillo comunicarnos hasta llegar al tuétano de lo que somos.

Yo no diría que lo de hablar con los hijos sea un hábito que se ha perdido. Más bien creo que es algo que nunca se ha dado en nuestra sociedad de manera extendida. Y en los últimos años, con las nuevas visiones educativas y la nueva manera de concebir la paternidad, tampoco ha llegado a calar. Los padres se preocupan por sus hijos como déspotas ilustrados, buscando lo mejor para ellos pero, en muchas ocasiones, sin contar con ellos e incluso sin saber quiénes son.

Y es cierto también que los hijos no hablan con los padres. Muchas veces he escuchado esa queja en reuniones con padres. "Es que mi hijo/a no me cuenta nada". Y claro, a ver cómo les dices a esos padres sin parecer maleducada que si no han hablado con sus hijos de verdad durante su corta vida no pueden esperar que ahora los niños acudan a ellos a contarles sus preocupaciones más profundas. No funciona así. A veces esos padres no se dan cuenta de que sus hijos son desconocidos para ellos en la misma medida que ellos lo son para sus hijos. Y, en general, uno no se dirige a un desconocido con sus problemas.

Mientras leía he extraído un patrón. No me relaciono con mucha gente con hijos, pero de entre esas personas hay unas cuantas que tengo la convicción de que están educando a sus retoños de la mejor manera posible. Y en esos casos siempre me doy cuenta que son padres (sobre todo madres) que hablan mucho y bien con sus hijos.

Un ejemplo es mi amiga Rosa (espero que no le moleste que la cite). Rosa tiene una hija que ha entrado ya en esa edad difícil que es la adolescencia (y que cada vez parece empezar antes). Rosa y yo somos el hombro de llanto y preocupaciones la una de la otra, así que en ocasiones ella me habla de dudas que tiene respecto de su niña y yo analizo las situaciones y siempre la tranquilizo porque, honestamente, estoy segura de que todo va a ir bien, porque está criando a una niña emocionalmente sana y equilibrada con la que tiene una relación honesta y cercana. ¿Por qué lo sé? Porque cuando Rosa me dice qué ha hecho en su tiempo libre, con frecuencia aparece ella con su hija viendo una película y comentándola. Dando un paseo juntas y charlando de cualquier cosa. Haciendo manualidades juntas. Cambiándose y comentando libros. Sé que hablan, que hablan de verdad, y sé que se conocen.

Ojo, que también sé que Rosa no va a tener problemas porque, a pesar de esto, no es colega de su hija: es su madre. Una madre cariñosa, tolerante, abierta, cercana... Pero también inflexible en lo que hay que serlo. Conversar con los hijos no lo convierte a uno, automáticamente, en su amigo. Simplemente indica que te importa. Y vaya, eso sería lo ideal, ¿no os parece?

Conozco mucha gente que echa de menos esto, conocer a sus padres y que sus padres los conozcan. Haber hablado con ellos. Haber tenido una relación unida por algo más que el nexo familiar. Yo no la he tenido. Es cierto que, por ejemplo, con mi padre tengo otro tipo de comunicación, pero sé que mis padres me conocen relativamente poco y lo mismo me pasa a mí con ellos. Nos conocemos más por nuestros actos que por lo que nos hemos dicho durante casi 30 años. Esto me ha llevado a ser muy independiente y a no contar cosas porque no tenía la confianza suficiente. Y, claro, a resolver mis dudas y problemas sola. Y me salió bien porque bueno, así fue. Pero podría haber sido bien distinto.

Mi recomendación, no como madre, que no lo soy, sino como educadora e hija, es que converséis con los niños desde que son pequeños. Que les preguntéis cosas. No solo cosas del cole o sobre su comportamiento, sino cosas sobre ellos. Qué quieren hacer. Qué aficiones tienen. Qué les gusta. Qué les molesta. Y cuando son algo mayores, que no despreciéis lo que tienen que decir. Probablemente dirán muchas cosas equivocadas, poco fundamentadas, pero el "tú qué sabrás" que tanto me decía a mí mi madre de adolescente es maravilloso para evitar que ese niño vuelva a intentar comunicarse contigo. Hablad con ellos como si fuesen personas. Que lo son. Como si os interesase lo que tienen que deciros. Que debería. Y corregidlos con respeto, como corregiríais a un igual.

Y, ¿por qué no? Conversad también con vuestros amigos. Conversad en serio, aunque sea de "tonterías". Escuchad y responded honestamente. Perded el miedo a la conversación. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que nos conozcamos unos a otros? Bueno, sí, eso puede ser bastante malo... :P

En fin, ¿vosotros qué opináis?



14 comentarios :

  1. Comunicarse ,conversr con un hijo requiere reconocerlos como personas y escucharlos con atención e interes sin ejercicio de parentalidad ....

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    1. Básicamente, sí :) No debería ser tan difícil, ¿no? :P

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  2. Hablar es IM-PRES-CIN-DI-BLE. Con todos... con los hijos, con los amigos, con la pareja, con la familia...
    Gracias por la parte que me toca. Intento hacerlo lo mejor posible, aunque seguramente muchas veces no lo haré bien. Pero me consuela pensar en la relación que tuve (con su complicada etapa de adolescencia incluida) y tengo con mi madre. Y espero que entre mi hija y yo lleguemos a tener una relación similar.
    A veces, cuando mi niña me pregunta: -¿cómo lo sabes? (sobre algo relacionado con ella), yo le respondo: - porque te conozco como si te pariera... Jajaja
    Pues eso... Hablemos
    Besos

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  3. Conversar es, como dice Rosa, imprescindible. No entiendo una pareja, una familia, unos hijos y unos padres, unos amigos, que no hablen. Es muy difícil establecer límites, porque en la adolescencia, si te cuentan y estás en tu papel de madre, muchas veces tienes que reñir y ponerte en tu lugar, pero si no te cuentan no te enteras así que no sabes qué hacer cuando te viene diciendo algo que no apruebas.

    Muchos padres no conocen a sus hijos en absoluto. Nada de nada, ni siquiera saben qué leen, qué ven, qué música escucha o qué les interesa. Solo hablan de ellos acerca de los estudios, como si eso fuera lo más importante de la vida.

    Besos.

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    1. Pues se habla muy poco. O mejor dicho, se habla mucho, pero mal. No se habla de cosas importantes (o no de las más importantes), o simplemente se dicen cosas sin decir nada de interés. Y desde luego que a veces es difícil, pero hay que hacerlo.

      Y coincido con eso. Muchos padres no conocen a sus hijos, no hablan con ellos a no ser que sea de las notas y la hora de vuelta, si hay suerte. Luego, claro, se sorprenden.

      Besos

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  4. Hay gente que prefiere dibujarse su propio cuadro antes de querer entender a los demás. Lo hacen muchos padres, por desgracia. Pero también supuestos amigos. Y claro, al final tiras la toalla y pasas de querer comunicarte con ellos. Porque sabes que es inútil.
    ¡Un abrazo!

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    1. Sí, creo que esa es una de las razones por las que, a pesar de no parecerlo, soy tan retraída XD

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  5. Me ha encantado esta entrada Bettie, estoy muy de acuerdo contigo. Es muy complicado conversar de verdad con cualquiera, aún cuando hoy en día estamos en la "era de la comunicación". Ja!
    En cuanto a la paternidad... madre mía, qué difícil, y hoy día más todavía... influyen muchísimas cosas, pero sí que es cierto que hablar con tus hijos desde siempre es un abono genial para que crezca algo bonito.
    Un besote!

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    1. Era de la comunicación. Sí, a mí también me da la risa XD

      Hablar con los niños es la base. Sin eso, el tamaño de cualquier dificultad se multiplica...

      ¡Besos!

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  6. Después del parón vacacional empiezo a repasar entradas antiguas que no he leído aún y, voilà! me encuentro con esta gran entrada. No muevo ni una coma de lo que has dicho, estoy totalmente de acuerdo contigo.

    En contraste con Rosa, opino igual que ella pero no por el reflejo de la relación que tuve con mis padres, que es muy parecida a la tuya, sino por intentar tener con mis hijos aquello que yo no pude o no supe encontrar con mis padres: confianza y sinceridad.

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    1. Creo que te gustaría el libro del que hablo :)

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    2. Lo apunté en cuanto leí tu reseña ;)

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